Por Sarah Betancourt
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En sus últimos días, Jeronima Quinilla Castro no dormía.
El recuerdo de la detención de su esposo, Catarino Castro, por parte de U.S. Immigration and Customs Enforcement (ICE) durante una parada en carretera seguía muy presente, aunque finalmente fue liberado.
Jeronima temía que él volviera a ser detenido o deportado, o que sus tres hijos fueran separados de ella. Dejó de trabajar y lloraba constantemente. Sabía que su esposo tenía una próxima audiencia de asilo. Acudió a una clínica de salud comunitaria en New Bedford, donde explicó que su depresión estaba empeorando y describió los síntomas físicos que experimentaba. Según su esposo y defensores de los inmigrantes, no fue canalizada para recibir atención de un psicólogo, psiquiatra o en un centro de hospitalización.
“Ese miedo se apoderó de ella: el miedo de que vinieran por mí y ella se quedara sola con los niños. Ella decía: ‘¿Qué voy a hacer? Te van a deportar, te van a hacer daño. ¿Y qué voy a hacer con los niños?’”, contó Catarino Castro. “Esa idea se quedó en su cabeza y desencadenó esa ansiedad. El miedo la consumió. Así fue como pasó. La llevé a la clínica y me dijeron que no tenía nada, que todo estaba bien”.
Para julio, la depresión de Jeronima había empeorado tanto que intentó prender fuego a los contenedores de basura de la familia afuera de su apartamento en New Bedford. La familia decidió que alguien debía permanecer con ella en todo momento mientras buscaban una manera de ingresarla en un hospital.
A la mañana siguiente, Jeronima murió por suicidio.
Las familias inmigrantes enfrentan una crisis de salud mental sin precedentes relacionada con las detenciones. Las barreras para acceder a ayuda son tanto estructurales como culturales e incluyen la falta de seguro médico que cubra servicios de salud mental, el costo de las consultas, la escasez de profesionales y de especialistas que comprendan las múltiples capas de trauma que experimentan los inmigrantes, las dudas personales para buscar ayuda y el estigma cultural.
Estas barreras no solo afectan a las personas detenidas, sino también a sus parejas y sus hijos. La Harvard T.H. Chan School of Public Health y el Leah Zallman Center for Immigrant Health Research publicaron en marzo un informe que analiza los servicios disponibles para los inmigrantes y encontró algunos recursos comunitarios y clínicos. Sin embargo, persiste una brecha.
“A pesar de esta base de recursos comunitarios y clínicos, el panorama sigue fragmentado, con recursos insuficientes y sin el financiamiento estable necesario para mantener y conectar sus numerosas fortalezas”, señala el informe.
El aumento de las acciones de control migratorio de ICE en Massachusetts ha creado una necesidad urgente de abordar este problema, según los autores del informe. Señalaron que cualquier nuevo modelo de atención debería reconocer y “elevar el papel de las organizaciones que tradicionalmente se consideran ajenas al sistema de salud mental, pero que ayudan directamente a mitigar el trauma provocado por factores socioculturales, especialmente aquellas lideradas directamente por las comunidades inmigrantes”.

En el caso de Jerónima, la madre de 35 años ya había dejado atrás un pasado traumático en Guatemala, al igual que Catarino.
Jeronima llegó a New Bedford en 2023 con dos de sus hijos; Catarino ya había emigrado anteriormente con el mayor. Ella consiguió un trabajo temporal en una fábrica de papas fritas. Sus hijos, que ahora tienen 14, 12 y 9 años, comenzaron a asistir a la escuela, mientras ella enseñaba a sus hijas a coser huipiles guatemaltecos, unas prendas tradicionales similares a túnicas, una labor por la que llegó a ser conocida en la comunidad.
Antes de su muerte, Jerónima se encontraba en medio de su proceso de solicitud de asilo y tenía un permiso de trabajo. Catarino, por su parte, esperaba una decisión sobre su propia solicitud.
Es una historia que se repite en comunidades inmigrantes de todo el estado. Al igual que los Castro, muchas personas que buscan cumplir el sueño americano han visto ese camino interrumpido por una detención migratoria repentina. Lo que viene después suele desencadenar una cadena de consecuencias: trauma, crecientes necesidades de atención de salud mental, estrés extremo y, muchas veces, silencio, mientras las familias que quedan atrás cargan solas con las consecuencias.
“Las consecuencias permanecen con ellos”
Organizaciones y legisladores reconocen la necesidad de evaluar y desarrollar un plan para abordar las necesidades de salud mental de los inmigrantes, incluidas aquellas personas afectadas por la detención.
“Por lo que nuestras comunidades inmigrantes y refugiadas están viviendo en este momento, sentimos que es nuestro deber analizar qué podemos hacer desde nuestra labor de defensa en materia de salud mental”, dijo Maroni Minter, directora política de la Massachusetts Immigrant and Refugee Advocacy Coalition, una organización sin fines de lucro de Boston que aboga por los derechos de los inmigrantes. La coalición lidera un grupo de trabajo integrado por proveedores de servicios, académicos, investigadores e inmigrantes que estudian posibles soluciones de investigación y políticas públicas.
La oficina de la congresista Ayanna Pressley trabaja con familias afectadas para conectarlas con organizaciones que ofrecen servicios de salud mental. Pressley señaló que muchas personas tienen dificultades para reintegrarse después de una detención y sufren de trastorno de estrés postraumático (TEPT), además de problemas para dormir y trabajar de manera efectiva debido al trauma que experimentaron.

“Es un sistema con fines de lucro que fomenta el abuso infantil, la negligencia infantil, el trauma en la infancia y la separación de las familias”, dijo Pressley sobre el sistema de detención de inmigrantes en Estados Unidos. “Realmente, el cuerpo guarda las huellas del trauma. Incluso en muchos casos en los que mi oficina ha ayudado a reunir a alguien con su familia y a reintegrarlo a la comunidad, las consecuencias permanecen con ellos”.
Según expertos que trabajan con inmigrantes, el trauma migratorio también se ve agravado por el trauma relacionado con la detención.
“Estamos hablando de familias que han caminado miles de kilómetros para escapar de la violencia y la persecución, que han cruzado ríos y montañas, que realmente han estado frente a la muerte, han logrado superarlo y han reprimido sus propios sentimientos de ansiedad, depresión, trauma y trastorno de estrés postraumático (TEPT) para poder estar ahí para sus hijos”, dijo Sarah Sherman-Stokes, profesora clínica de Derecho y directora asociada de la Clínica de Derechos de los Inmigrantes de Boston University, que trabaja con inmigrantes que enfrentan detención.
“Creo que en este momento realmente no podemos cuantificar el impacto devastador que la detención migratoria está teniendo en familias y comunidades enteras”, agregó.
Cuando un miembro de una familia es detenido, surgen de inmediato necesidades como pagar el alquiler, conseguir cuidado infantil, encontrar un abogado para la pareja u ocuparse de otras tareas urgentes. Mujeres que tenían trabajos de medio tiempo de repente deben encontrar empleos de tiempo completo. Abordar los problemas de salud mental, si es que siquiera se reconocen, puede quedar relegado a un segundo plano.
Pietra Adami es directora de organización de Brazilian Women’s Group, que trabaja en respuesta rápida con familias afectadas por las detenciones. Según explicó, los problemas de salud mental que enfrentan los inmigrantes son respuestas esperables ante las circunstancias que atraviesan.
“Los efectos en la salud mental que estamos viendo no son casos aislados. Son consecuencias predecibles de políticas que separan a las familias, generan miedo constante y hacen que toda una comunidad se sienta insegura”, dijo. “Esto no se trata solo de inmigración. Se trata de salud pública”.
El temor constante a ser arrestados por ICE, el intercambio de información del gobierno con las autoridades migratorias y la reticencia a contarle su trauma a desconocidos hacen que muchos inmigrantes duden en buscar ayuda.
“Es un momento muy aterrador para intentar brindar servicios de salud mental, intervenir en situaciones de crisis, desarrollar planes de seguridad y conectar a las personas con recursos cuando existe tanta resistencia”, dijo Tracey Taldon, trabajadora social y subdirectora de Haitian Mental Health Network. “A veces intentas construir redes de apoyo para personas en un momento en el que realmente no pueden confiar en nadie fuera de su familia”.
Las parrilladas —o churrascos— y las grandes reuniones son algunas de las formas en que las familias inmigrantes suelen crear sus propios espacios de comunidad. Pero ahora, muchas veces no se sienten seguras al salir.
“Gran parte de lo que hemos estado hablando mientras intentamos entender este momento es cómo las acciones de control migratorio les han robado a las personas la sensación de seguridad, incluso dentro de sus propias comunidades”, dijo Leela Ramachandran, codirectora de Casa del Trabajador en Framingham. “¿Cómo podemos crear espacios físicos, pero también lugares donde las personas sientan que simplemente pueden estar y formar parte de una comunidad?”

El Immigrant Family Services Institute en Mattapan es conocido por muchos inmigrantes haitianos como un salvavidas para acceder a ayuda legal, apoyo laboral y asistencia con el seguro médico. El centro también cuenta con Carlot Celestin, un miembro del personal que ofrece conversaciones terapéuticas gratuitas, una necesidad cada vez mayor entre las personas afectadas por detenciones migratorias. Celestin también es pastor asistente en Tabernacle Baptist Congregation, donde escucha muchas de las mismas preocupaciones.
Según explicó, existe un fuerte estigma cultural en torno a la terapia.
“En la comunidad haitiana, un psicólogo es visto como alguien que solo atiende a personas que están locas. Pero lo que hemos podido hacer es ayudar a la gente a entender qué son el estrés y la angustia emocional”.
Muchos inmigrantes, dijo, llegan con una “reacción somática”: se sienten enfermos, pero no entienden por qué. Solo después de una evaluación psicológica comienzan a comprender el alcance de su malestar emocional, o incluso qué significa.
La ciencia del trauma
Ante un trauma y un estrés extremos y repentinos, el cerebro entra en modo de supervivencia.
La norepinefrina, una hormona y neurotransmisor, controla la respuesta de “lucha o huida” del cuerpo al aumentar el estado de alerta y la presión arterial. Otra hormona, el cortisol, inunda rápidamente el organismo, aumentando la energía, la concentración y los niveles de azúcar en la sangre.
Pero una vez que pasa el acontecimiento inicial que desencadenó la respuesta, el estrés crónico y los niveles elevados de cortisol y norepinefrina pueden provocar insomnio, alterar el funcionamiento del cerebro y afectar la memoria y la capacidad de tomar decisiones.
Jim Recht, médico y profesor de psiquiatría en Harvard Medical School, señaló que las experiencias de detención pueden agravar historias previas de trauma, incluida la migración forzada y las circunstancias que llevaron a una persona a abandonar su país de origen.
El estrés y la ansiedad prolongados que sienten las personas detenidas y sus familiares pueden tener consecuencias a largo plazo para la salud.
“Te agota. Te consume. Creo que en muchos casos te deja un daño permanente, un perjuicio permanente”, dijo Recht. “La exposición prolongada a niveles elevados de estas hormonas del estrés realmente causa daño celular, y eso se traduce en limitaciones y dificultades funcionales con las que las personas pueden luchar durante el resto de sus vidas”.
Los niveles elevados de cortisol pueden desgastar el organismo, señaló Tiffany Joseph, profesora asociada de Sociología en Northeastern University. Hizo referencia a investigaciones sobre cómo el racismo afecta al cuerpo.
“Hay investigaciones relacionadas que cada vez más comienzan a analizar también el papel del estatus migratorio, así como las preocupaciones relacionadas con el control migratorio, las detenciones y las deportaciones, que pueden tener un impacto similar en el cuerpo”, dijo.
“La brutalidad”
Los niños no comprenden las complejidades de la detención migratoria, pero sí sienten sus efectos. El trauma provocado por una detención puede afectar su desarrollo y generar cambios en su comportamiento.
“La brutalidad de que de repente te quiten a uno de tus padres, sin ningún aviso, sin posibilidad de planificar y sin poder proteger a los niños, es particularmente preocupante para los jóvenes”, dijo la Dra. Melinda Macht-Greenberg, psicóloga clínica y miembro del cuerpo docente del Departamento Elliott Pearson de Estudios y Desarrollo Infantil de Tufts University.
Macht-Greenberg dirige un programa de formación para residentes avanzados de psiquiatría en la escuela Elliott Pearson y supervisa a profesionales que trabajan en un distrito escolar local. Estos especialistas atienden a niños inmigrantes.
“Está la tristeza, que es gran parte del duelo. Está el miedo y la ansiedad. Y luego existe una enorme dificultad para desenvolverse en la vida cotidiana”, explicó. Señaló que los niños pueden tener problemas para dormir, pesadillas y miedo de salir de casa.
El esposo de Lesly Garcia Natareno, Pedro Baltazar Tercero, lleva casi 11 meses detenido después de que él y su cuñado fueran detenidos durante una parada de tránsito y las autoridades determinaran que no tenían documentos migratorios en regla. Fue trasladado varias veces e incluso colocado en un vuelo de deportación, poco antes de que se le permitiera permanecer en Estados Unidos. Actualmente se encuentra detenido en un centro de detención migratoria en Nueva York.

Garcia Natareno dijo que su hija de 10 años, Dayelin, se ha visto profundamente afectada.
“Los maestros me llamaron al principio para preguntarme qué le pasaba porque no paraba de llorar. Al principio no quería decir nada, hasta que finalmente una maestra habló con ella y Dayelin le explicó lo que había pasado con su papá”, contó Garcia Natareno.
Los momentos importantes de la familia han tenido que celebrarse por separado. Tercero le cantó a Dayelin “Las Mañanitas”, una canción mexicana de cumpleaños, por teléfono desde el centro de detención. Su madre dice que ahora está más tranquila que cuando comenzó la detención. Sin embargo, recientemente se le negó a Tercero la posibilidad de salir bajo fianza.
“Honestamente, no estoy bien mentalmente. Me siento muy triste. A veces siento que se me están acabando las fuerzas, como si ya no pudiera seguir, porque tengo que ocuparme de la escuela, mi trabajo y el proceso legal de mi esposo”, dijo Garcia Natareno.
“Cada vez que él habla conmigo, en lugar de que yo le diga que sea fuerte, él es quien se mantiene positivo. Me dice que no me dé por vencida, que sea fuerte”, agregó. “Me dice: ‘Si yo estuviera en tu lugar, no creo que sería fuerte. Si Dios te dejó allá afuera y a mí aquí dentro, bueno, Dios sabrá por qué’”.