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El Mundial que Soccer Without Borders lleva más allá del estadio

Soccer Without Borders lleva más de una década en Boston usando el fútbol para que jóvenes inmigrantes encuentren comunidad. Este verano, con el Mundial en casa, su trabajo nunca había sido más visible.

En Boston, Soccer Without Borders convierte el Mundial en un espacio de pertenencia para jóvenes inmigrantes. | Foto cortesía de Soccer Without Borders.

Hay algo particular en los años de Mundial: por unas semanas, el mundo entero parece darse permiso para olvidar las preocupaciones y las diferencias. El fútbol tiene ese don raro de unir culturas, idiomas y generaciones, y en época mundialista la comunidad latina lo siente más que nadie. No importa si uno nació en Bogotá, San Salvador, Ciudad de México o Guayaquil; cuando rueda la pelota, todos hablamos el mismo idioma.

Este año el torneo llega a casa. Gillette Stadium albergará siete partidos entre el 13 de junio y el 9 de julio, incluyendo un cuarto de final. Este verano, por primera vez, el Mundial se juega en el mismo país donde viven. Para miles de familias latinas en Boston, eso ya es suficiente para sentir que algo cambió. Pero también tiene un sabor agridulce. Las entradas más económicas superan fácilmente los cientos de dólares, y para muchas familias inmigrantes el camino hacia el estadio tiene obstáculos que van mucho más allá del precio. Aun así, en Boston hay organizaciones empeñadas en demostrar que el Mundial también pertenece a quienes lo viven desde afuera de las gradas.

La pertenencia no se compra con una entrada

Ahí es donde aparece Soccer Without Borders. Desde hace más de 20 años, la organización usa el fútbol como herramienta de integración para jóvenes inmigrantes, refugiados y recién llegados. SWB lleva construyendo comunidad en Massachusetts desde 2012: un espacio donde los chicos pueden jugar, hacer amigos y sentirse parte de algo, sin importar el idioma que hablen, el país del que vienen o el momento político que atraviese el país.

En Massachusetts, el programa alcanza hoy a más de 1.000 jóvenes de 32 países distintos. Y durante este Mundial, mientras gran parte de la conversación gira alrededor de precios, seguridad y acceso, SWB quiere enfocarse en otra cosa: que la comunidad latina pueda sentir el torneo como suyo.

Bruno Contreras, director de SWB Massachusetts y originario de Ciudad de México, lo explica desde una emoción muy familiar para cualquier inmigrante futbolero.

“Los entiendo, tampoco se siente justo”, dijo sobre quienes sienten que este Mundial no fue pensado para ellos. “Pero hay organizaciones haciendo mucho trabajo para que estos eventos sí se puedan sentir en la comunidad, para que puedan sentir ese sentimiento de pertenencia y celebrarlo de la manera que quieran”.

En SWB, esa celebración no depende de un boleto. Puede ser una cancha abierta después de clases. Un watch party gratuito en el vecindario. O una comida compartida mientras se ve el partido en familia. "Como inmigrantes, nunca nos quedamos solo en la queja", añade Contreras. "Si algo no está bien, buscamos la forma de celebrarlo igual".

Pero detrás de la logística, hay algo más profundo: el fútbol como lenguaje de identidad. Contreras habla de jóvenes que todavía están construyendo quiénes son en este país. Algunos nacieron en Estados Unidos, otros llegaron hace poco. Y en ese proceso, el fútbol se vuelve una especie de punto de encuentro entre dos mundos: el de casa y el de aquí.

“Es para que se sientan parte de algo”, explica, sin necesidad de grandes discursos.

En ese mismo sentido, recuerda algo que atraviesa generaciones dentro de la comunidad SWB, la forma en que el fútbol conecta incluso a quienes no comparten país de origen. Este año hay jóvenes haitianos que viven el Mundial con una emoción particular, tras el regreso de su selección a la competencia después de décadas. En la cancha, eso se traduce en orgullo, conversación, curiosidad. No importa si juegan en equipos distintos, el torneo los une en la misma historia.

Un Mundial que sí llega a los vecindarios

Mientras Boston se prepara para recibir a miles de turistas, la verdadera fiesta mundialista también se está armando en los vecindarios latinos. Habrá watch parties gratuitos en Chelsea, Revere, Lowell, Brockton y Cambridge. La Fiesta de Fútbol en Chelsea Square transmitirá partidos en pantalla gigante, con música en vivo y comida durante todo el torneo. El FIFA Fan Festival Boston en City Hall Plaza también será gratuito y abierto para todas las edades.

SWB forma parte del Sport for Impact Working Group de Boston 26, el comité local que busca que el legado del torneo no se quede en el estadio, sino que llegue a las comunidades. Para Contreras, la idea es simple: que el Mundial no sea solo un evento, sino una excusa para fortalecer lo que ya existe en los vecindarios.

Porque en Boston, el fútbol inmigrante no nació con el Mundial. Está en las ligas de East Boston los fines de semana, en los parques de Lawrence, en las familias salvadoreñas viendo partidos juntos, en las camisetas de Colombia colgadas en negocios de Chelsea, y en niños que aprenden inglés mientras persiguen una pelota sin pensar demasiado en fronteras.

SWB lo ha visto durante años. Y también ha visto cómo el fútbol cambia historias individuales. Raquel Castle llegó a la organización sin experiencia previa. Hoy juega en Fisher College y fue invitada a una actividad oficial de FIFA en Boston como ejemplo del impacto del programa. "Una de las cosas que aprendí fue trabajar en equipo. Te ayuda a conocer gente nueva", contó. Una frase simple que resume algo más grande: pertenecer también se aprende.

"¿Qué mejor manera que pateando la pelota?"

Para Contreras, el Mundial no cambia la misión de Soccer Without Borders. Solo hace más visible un trabajo que llevan décadas haciendo.

"Ese es nuestro rol: expandir el acceso y la inclusión en el deporte. Que sea un catalizador, un canal de esperanza para nuestras familias y nuestras comunidades. ¿Y qué mejor manera que pateando la pelota?".

Mientras East Boston instala el balón de fútbol más grande del mundo como símbolo del torneo, y Haití vuelve a un Mundial después de más de medio siglo con una comunidad celebrando desde Massachusetts, la comunidad latina en Boston encuentra sus propias formas de vivir la fiesta.

Las historias que no captan las cámaras

Los reflectores del Mundial apuntarán a las estrellas. A los estadios llenos. A las celebraciones gigantes. Pero Contreras sabe que algunas de las historias más importantes ocurren lejos de ahí.

Suceden cuando un joven recién llegado hace su primer amigo en un entrenamiento. Cuando una niña tímida descubre confianza jugando fútbol. Cuando chicos de países distintos encuentran algo en común aun llevando camisetas rivales.

Ese tipo de momentos rara vez aparecen en televisión. Pero son precisamente los que han sostenido a Soccer Without Borders durante dos décadas. Y este Mundial, dice Contreras, también abre una puerta que va más allá del espectáculo.

“Fuimos seleccionados para traer a 66 niños y niñas de nuestras comunidades a los partidos”, contó. “Es un privilegio: de la calle al estadio”.

Para muchos de esos jóvenes será la primera vez en un escenario de esa magnitud. Algunos caminarán de la mano de los jugadores en la ceremonia de entrada, uno de los rituales más visibles del torneo. Entre ellos habrá niños haitianos de la comunidad de SWB que entrarán al campo junto a su selección el día que Haití enfrente a Escocia.

Para Contreras, ese momento tiene un peso que va mucho más allá del fútbol.

"La mayoría de los jugadores de la selección haitiana tuvieron que emigrar de Haití. Y ver a este niño recién llegado a Estados Unidos, que jamás se imaginó estar en un escenario de esta magnitud, caminando ahí… Para mí eso es un círculo bien completo". 

El Mundial empezará en los estadios, con cámaras, himnos y estrellas bajo los reflectores. Pero para muchos en Boston, ya empezó en otro lugar. En las canchas de césped sintético donde SWB entrena a diario. En los partidos donde un niño recién llegado aprende a decir su primer "pásala". En los grupos donde conviven acentos que todavía están aprendiendo a entenderse, pero que ya comparten algo más simple: una pelota.

Y este año, ese mismo camino que empieza en un entrenamiento terminará en un estadio mundialista.

Porque en Boston, el Mundial no empieza cuando el árbitro pite el primer partido. Empieza cuando alguien, por primera vez, se siente parte del juego.

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