Tom Menino murió en paz. Los noticieros nocturnos del 30 de octubre rompieron su regla de inducirnos el sueño con noticias locales, breves y anodinas. Para dar a conocer la muerte de Menino, dedicaron largos minutos a su intensa vida pública y la increíble obra que legó a la ciudad de Boston en sus 20 años como alcalde.
La noticia sorprendió de la peor manera imaginable a muchos bostonianos, cuya voz se quebraba al ser entrevistados por los noticieros en Copley Square y otros puntos emblemáticos de la ciudad. Pero no tanto a aquellos que una semana antes de su muerte nos habíamos enterado en segmentos muy breves de esos mismos noticieros que Menino había decidido suspender su tratamiento contra el cáncer para pasar el tiempo que le quedaba con sus familiares y amigos.
Gobernar es un arte. Y más aún gobernar una de las ciudades más antiguas e importantes de una nación. Durante sus dos décadas al frente de Boston, Menino perfeccionó el arte de gobernar a tal punto que dejó órdenes minuciosas para sus exequias.
En vez de una misa pomposa en la Catedral de Boston, prefirió un funeral público en Faneuil Hall, el lugar de las reuniones civiles de la ciudad desde al menos 1742: el mismo lugar donde Samuel Adams y otros patriotas ofrecieron inspiradas arengas y donde funcionaba el mercado público en el que se comerciaban el pescado local y las mercancías ultramarinas. Hoy convertido en un bulevar de tiendas y una feria de comidas, el Boston Market es, en parte gracias a Menino, uno de los diez lugares más visitados en el mundo y, sin duda, la atracción más popular de Boston.
Fue en el Fanueil Hall donde fui a verlo el domingo a las 11 de la mañana, poco después de iniciarse el servicio funerario. Una lluvia incesante de aguanieve caía sobre la ciudad, escarchando de hielo las calles y aceras. El otoño había sido benévolo hasta entonces, pero el día anterior el clima había cambiado del modo más brusco que se pueda imaginar, colocándonos de golpe frente a un crudo invierno. Pese a las ráfagas heladas, los bostonianos se mantenían incólumes, en concentrada formación de varias cuadras de longitud, para ofrendarle un último saludo a un hombre que directa o indirectamente tocó sus vidas.
Soportando el aguanieve sin paraguas estaba Emil Pérez, un fornido moreno de unos cuarenta años. Le pregunté por qué estaba ahí. Me miró frunciendo el entrecejo, como queriendo decir ‘¿Cómo se te ocurre preguntarme eso?’. Un instante después contestó con tono altivo: “Estoy aquí porque trabajo en la alcaldía. Yo soy parte de Team Menino”, esgrimiendo un juego de palabras que sustituye la palabra equipo por Tom y que usan sus colaboradores.
— Trabajé con él en muchos proyectos que hacen de Boston la ciudad que es hoy, una ciudad mucho mejor que la que el alcalde Menino encontró cuando llegó a la alcaldía.
— ¿Cómo era trabajar con Menino? ¿Cómo era él como jefe?
— A veces bromeaba y a veces era serio, dependiendo de la situación. Pero lo importante para él era que el trabajo realmente se hiciera, que las cosas se arreglaran y mejoraran.
Al escuchar sobre la gestión de Menino en la televisión, uno de los datos que más me sorprendió fue que 57% de bostonianos lo habían conocido personalmente. El viernes pasado, mientras tomaba una cerveza belga en un pub irlandés, mi amigo el artista plástico Jesús Matheus, caraqueño de nacimiento pero bostoniano por adopción desde hace 12 años, elevó su vaso para brindar por el alcalde. Él era una confirmación de la cifra. En un par de ocasiones había estrechado su mano en eventos culturales de la comunidad latina. Matheus también había visto la transformación de Boston de una ciudad caótica, violenta y segregada cultural y racialmente a una más funcional, pacífica e integrada.
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