La semana pasada terminé de editar un nuevo libro bilingà 1/4e: «All the Odes«, de Pablo Neruda, que se publicará el año próximo. Describir al chileno como prolífico es natural: nos dejó más de 2,500 poemas, algunos de ellos horripilantes y sublimes un par de docenas, acaso más. Sus géneros favoritos eran el soneto, el canto y la oda. De ellos, su pasión por este último es incomparable. De Píndaro a Catulo, ni hablar de Dryden, Wordsworth y Keats, nadie, ciertamente nadie en el mundo moderno, ha cultivando la oda con semejante ahínco, dándole un aire íntimo, haciéndola accesible, democrática.

Neruda escribió un total de 225 odas. Esta producción desfila en los libros que constituyen el medio de su carrera literaria, después de Canto General y antes de Extravagario, aunque una que otra oda antecede y rebasa estos límites. La mayoría apareció en cuatro volúmenes claves, el primero titulado «Odas Elementales» y el último «Navegaciones y Regresos». La fecha de composición es justo la mitad del siglo veinte, la década del cincuenta.

A su regreso a Chile de Europa, en especial de Italia, donde sus opiniones ideológicas lo convirtieron en persona non grata para el gobierno, Neruda, con la que sería su tercera esposa, Matilde Urrutia, se detuvo en Argentina por un tiempo antes de asentarse en Santiago, sobre todo en su casa de Isla Negra, cerca del mar. Una propuesta del venezolano Manuel Otero Silva, que entonces dirigía El Nacional, de escribir para el periódico una oda semanal. Neruda aceptó a condición de que las odas aparecieran no en la sección de arte y cultura sino en la de crónicas diarias, lo inspiró a dedicarse su tiempo a la tarea. El fruto se gestó durante más de cuatro años, hasta que el ritmo avasalló a Neruda o el poeta agotó los temas o perdió el interés.

¿Cuáles son esos temas? De lo más mundano (una cebolla, un cactus, un elefante, una flor amarilla) o lo más excelso (la amistad, la tristeza, la esperanza). Algunas odas están dedicadas a amigos como César Vallejo. También las hay que hablan de la guerra civil española que Neruda presenció o de los viajes que hizo a Venezuela, a Brasil, México y Suecia (previo el Premio Nobel). Otras describen a ídolos como Walt Whitman y Paul Robson o sus lecturas de Rimbaud. Mis favoritas son las odas a la tipografía, dos que dedicó a los libros y otras dos a la crítica y la oda al diccionario.

Igual me entusiasman la oda a los calcetines, las muchas dedicadas al mar y a los pájaros y la oda al átomo, que mucho me recuerda el libro «De Rerum Natura«. De hecho, utilicé unas líneas de este libro de Lucrecio como epígrafe al libro que preparé. Lamentablemente, las intuiciones políticas de Neruda no siempre eran acertadas. Escribió una oda propagandística sobre Lenin y otra sobre los trenes de China. Asimismo, entre las odas menos acabadas está la dedicada a la claridad, que adolece de un defecto insuperable: es oblicua. Pero por lo general su ceguera comunista distorsionó solo unas cuantas composiciones, enalteciendo muchas más. Y la falta de claridad, cuando está presente, tiene que ver con la puntuación errática y no con el contenido en sí mismo.

Descubrí sin sorpresa al preparar el libro que traducir las odas de Neruda al inglés es–o aparenta ser–un deporte. Desde el primer intento de Ángel Flores del libro «Residencia en la Tierra», en la década del 40, las odas han atraído a una veintena de traductores, entre ellos Margaret Sayers Peden, que vertió al inglés unas 50. Menos fecundos aunque igualmente admirables fueron William Carlos Williams, Mark Strand y el actual poeta laureado de los Estados Unidos, Philip Levine.

Leídas de forma conjunta, todas las odas configuran una especie de diario íntimo, no solo de la rutina del poeta, sus amores y sus odios, sus sueños y pesadillas, los olores y sabores que lo rodeaban, sino de todos nosotros. Para Neruda la poesía era un arma de protesta y una bocina a través de la cual él como profeta llegaba a las masas. En est

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