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Del dolor al orgullo

Por Margarita Persico

Yvette Modestin recuerda esa sensación de aislamiento causada por tener dos culturas y sin ser acogida por ninguna.

Modestin llegó a Boston desde su natal Panamá en el otoño de 1986 para asistir al Emmanuel College, donde estudió psicología. Cuando llegó, encontró algo que nunca había experimentado en su casa: ella no encajaba bien. Algunas latinas que conoció ni siquiera la reconocían como tal por el color de su piel. «Pero tú eres negra», así le decían las muchachas en español.

Y aunque su tono de piel era más cercano a los negros que conocía, ellos tampoco le dieron la bienvenida porque hablaba español.

Otras personas de descendencia dual, africana y latina, que han soportado experiencias similares en los Estados Unidos, han optado solamente por vivir «una vida negra», según dice Modestín. Pero ella no quería elegir entre esos dos aspectos de su ser, y tampoco podía tolerar injusticias raciales. Así que decidió hacer algo al respecto.

«Mi trayecto ha cambiado», Modestín dice. «Empezó por mi dolor».

En 2004, ese sentimiento de dolor condujo a Modestín a fundar la organización Encuentro Diáspora Afro (EDA).

La asociación, con base en Roslindale, tiene como objetivo unir a la gente de herencia afro-latina como Modestín, quien dice que algunas veces se siente desconectada de otros miembros de la diáspora africana en EE. UU. La organización también busca desarrollar «puentes de entendimiento» entre las comunidades afro-latina y afroamericana, para conseguir la justicia social e incitar a los jóvenes afro-latinos y afrolatinas a buscar posiciones de liderazgo.

«Si ellos empiezan a ver nuestras similitudes, entonces podremos ver el poder de unirnos», dice Modestín, quien tiene 42 años. Modestín experimentó el poder comunitario en su ciudad natal, Colón, Panamá. Ella creció en el sector llamado la ciudad del arcoíris, el cual tiene la comunidad africana más grande del país. Modestín describe la ciudad como su «pueblo», un lugar en donde todos eran parientes, o al menos se trataban como si lo fueran.

La madre de Modestin murió cuando ella tenía 14 años, pero su padre, una tía y el pueblo la criaron junto a otros dos miembros de su familia. Creció rodeada de amor, según cuenta, y su familia siempre le recordaba lo bonita que era. «Crecí en la comunidad negra más increíblemente cariñosa», Modestín dice con una gran sonrisa. «Por eso no tuve que buscar fuera de mí entorno apoyo o visiones de fortaleza».

Esa es la clase de ambiente que Modestín quiere proveer a las jóvenes afro-latinas. En 2007 desarrolló un plan de estudios para el Sistema de Escuelas Públicas de Boston (BPS, por sus siglas en inglés) bajo EDA titulado «Hermanas Exchanging Roots», o HER. El curso enseña a niñas de descendencia dual, afro-latina y afroamericana, sobre su herencia africana.

«Quiero que mis niñas se den cuenta de su fuerza», dice Modestín. «La esperanza es que las vamos a preparar mejor para que emprendan su propio viaje como mujeres negras dentro de la sociedad», dice ella. «Caminamos en ambos mundos».

Financiado por la Fundación de la Mujer de Boston, HER – un programa anual, ahora en su tercer ciclo en la Academia de Justicia Social en Hyde Park – reúne a las muchachas una vez a la semana para discutir «temas como historia,… liderazgo, imagen personal, identidad y violencia», así como la raza y el racismo, según explica Modestín. Igual de importante, las niñas aprenden a convivir una con otra. «El objetivo del proyecto es el de unir a las jóvenes, hablar sobre nuestras vidas e identidad

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