Pablo Ordóñez y Rutilia Paz dejaron a su hijo mayor en Guatemala cuando era sólo un niño de 2 años cuando se fue su papá y 5 años cuando su mamá lo dejó, lo lamentan y les duele haberse perdido la infancia de Jonatan, hoy a base del esfuerzo de ambos está en la universidad. Foto Jeaneth D. Santana.
Pablo Ordóñez y Rutilia Paz dejaron a su hijo mayor en Guatemala cuando era sólo un niño de 2 años cuando se fue su papá y 5 años cuando su mamá lo dejó, lo lamentan y les duele haberse perdido la infancia de Jonatan, hoy a base del esfuerzo de ambos está en la universidad. Foto Jeaneth D. Santana.

Llegar a Los Estados Unidos atravesando el río o caminando por el desierto, es una de las dos opciones que tienen los migrantes cuando contratan a los coyotes. Escoger la vida o la muerte, sin saber si volverán a ver a los hijos que abandonaron, a los padres y amigos que dejaron, renunciar al hogar que los cobijó y a la tierra que los vio nacer, esa misma tierra a la que llaman país y que les arrebató las oportunidades de tener una vida próspera y segura.

Ni siquiera el cansancio de caminar sin parar más de 24 horas, el peligro de muerte al que fue sometida en un camión en donde iban más de 50 personas sentadas en posición fetal para que haya mayor capacidad de incluir a más migrantes, atravesar el río Bravo, no tener agua para saciar la sed, ni comida para aliviar el hambre, le duelen tanto que el haber dejado a su hijo Jonatan de 7 años en Guatemala, le lastima haberse perdido su infancia, no poderlo abrazar, besar ni mucho menos sentir su piel desde hace 21 años. Esta es la historia de Rutilia Paz, una inmigrante que lo ha dado todo por sus hijos, por el que está allá principalmente, y por los dos que nacieron aquí, una niña que hoy tiene 16 años y un niño de 6. Su esposo, Pedro Ordóñez llegó a Boston 5 años antes que ella. Se tardó 15 días en llegar y tuvo que pagarle 7 mil dólares a un coyote.

Josefina Ordóñez, ve en sus sobrinos a los hijos que la vida no le dio. Es la historia de una migrante que dejó a su familia en Guatemala para darle mejor calidad de vida, pero lamenta inmensamente que no haya podido ir al sepelio de su madre, quien falleció días atrás por ser indocumentada. Foto Jeaneth D. Santana.

“Recuerdo aquel día que me despedí de mi familia, abracé a mi niño, él incluso quería venirse conmigo, me pidió que lo traiga, pero no lo quise arriesgar porque no sabía qué podía pasar en el camino, cogí mis pocas pertenencias y me fui con la persona que me estaba esperando. Me llevaron en avión hasta México donde pasé 3 días, de allí viajamos en bus, caminando, pasamos una noche en el monte, luego nos metieron en un camión donde había personas adultas, niños, mujeres embarazadas, no podíamos movernos, ni mucho menos respirar libremente, cuando bajamos no podía enderezarme por el fuerte dolor al cuerpo que tenía”, comenta Rutilia, de 43 años, pero en ese entonces tenía 22. Una vez fuera del camión tuvieron que caminar hasta llegar al río, luego lo bordearon y permanecieron por 3 noches en el lugar, durmiendo en la tierra, tenía sed y los coyotes le dijeron que tome agua del río, no tuvo otra opción que tomar esa agua sucia para poder sobrevivir y uno a uno agarrados de la mano en cadena cruzaron al otro lado, su grupo pasó la prueba, a los otros lo agarró Migración. “Me dio tristeza porque yo ya no supe qué fue de ellos”, comenta.

Rutilia tiene que parar esta entrevista por un momento, un sentimiento de tristeza la embarga, la consume día a día, las lágrimas no dejan de rodar por su mejilla, sus ojos se enrojecen, respira profundo, toma un aliento, se fortalece para continuar. “Son cosas que uno pasa al alejarse de su país para venir por un futuro mejor, tuve que dejar a mi hijo, hace 21 años que no lo tengo y aquí sigo en la lucha, la verdad que es muy duro pasar por todo eso. Lo que ha ocurrido con las personas que murieron en Texas me llena de tristeza porque yo pasé lo mismo, sino que gracias a Dios me salvé de morir, yo pude ser una de las víctimas en aquel tiempo”, reflexiona.

Josefina Ordóñez fue la primera en emigrar en 1993. Se siente orgullosa porque afirma que su sacrificio valió la pena, ya que su hermana y sus 5 sobrinos se han graduado de la universidad, han tenido una vida sin carencias económicas, su mamá hace menos de un mes falleció y no pudo ir a Guatemala a despedirla porque no tiene papeles. “Siento orgullo por darles todo lo económico, pero al mismo tiempo siento cólera porque al proveerles una mejor calidad de vida tuve que sacrificar el amor en presencia tanto de mi madre como del resto de mi familia”, expresó con tanto dolor que lo logras percibir en el ambiente al punto que sabes que le está lacerando el alma, por la impotencia de que en 29 años no pudo volver abrazar a su madre, ni ponerle una rosa en su tumba, el día de su entierro. “Nadie quiere dejar a su familia o a su país, porque sólo abandonas tu casa y a las personas que más amas en la vida por la necesidad económica que tienes, por la inseguridad en que vives, por la ilusión de darles una vida mejor, la vida que tú no tuviste”, manifestó al puntualizar que vivir en Estados Unidos les da la oportunidad de trabajar para ayudar a la familia que se quedó en el otro lado. Ordóñez asegura que su trabajo honrado aporta al país y a Massachusetts porque paga impuestos.

Son las manos de una migrante junto a las de sus hijos, dos niños que nacieron en Boston y son el fruto del amor y el sacrificio de Rutilia y su esposo al abandonar su país para darles un mejor futuro, los acompaña su mascota. Foto Jeaneth D. Santana.

“La verdad fue una de las decisiones más difíciles de mi vida porque tuve que dejar a mi hijo de 2 años y tengo 27 que no lo veo, pero al mismo tiempo fue la mejor opción que tomé porque en Estados Unidos pude desarrollarme”, expresó Pedro Ordóñez, quien asegura que el trayecto del viaje es peligroso y muy cansado. Tardó 30 días en llegar, aquí en Boston lo recibió su hermana Josefina. “Treinta años atrás era más fácil el camino porque lo hice en avión, en bus y a pie. La parte más dura fue cruzar el desierto, no fue nada fácil, sólo llevábamos algo de agua y unas cuantas galletas, aguantamos hambre y sed, dormimos en la intemperie, atravesamos la frontera de noche, pasamos montañas hasta llegar a San Diego, California. Agradezco a dios porque en lo personal no la pasé tan mal, se de otros que los matan, les roban, lo que vi es que hubo mujeres que fueron obligadas a prostituirse”, recuerda.

Miguel Sánchez vive en Boston desde hace 31 años, llegó cuando tenía 18, tiene una hija que actualmente vive en Connecticut y un hijo que se quedó en Guatemala, junto a sus hermanos, tíos y sobrinos, por su familia dejó su país para darles mejores días, asegura, aunque confiesa que en Boston encontró al amor de su vida, Josefina Ordóñez.

Miguel ha viajado 4 veces desde Guatemala a Estados Unidos, en 1992, 2000, 2010 y la última travesía fue en el 2017, porque en una ocasión se murió su papá, años después murió su mamá. La primera vez que Miguel viajó fue en 1992, pero extrañaba tanto a los suyos que decidió ir de visita por 6 meses. “Para mí ha sido muy duro hacer esos 4 viajes, la primera vez recuerdo que me puse unas botas Caterpillar para proteger mis pies, entré por Tijuana hasta San Bernardino en California, tuve que pasar montañas, anduve en buses, en camionetas, sufrí mucho hasta llegar a Boston, uno come lo que tenga, pasamos sed, todo lo malo que usted se pueda imaginar. La segunda vez entré por Aguapietra, caminamos más de una hora durante la noche, veníamos unas 45 personas, cuando nos damos cuenta que se estaban acercando 8 camionetas de migración con las luces encendidas, un policía intentó agarrarme, me aruñó la camisa y me le escapé corriendo junto a un muchacho. El desierto está lleno de espinas, caminamos más de 5 horas y en frontera al darnos cuenta que sobrevolaba un helicóptero tuvimos que meternos debajo de una roca porque ellos tienen rayos infrarrojos para detectarlo a uno, de allí caminamos toda la noche, 4 días pasamos en el desierto, tuvimos que subirnos a los árboles para evitar a las culebras y a los coyotes. Yo he sido un sobreviviente de la vida, de los viajes de la muerte”, comenta.

Miguel Sánchez corta césped en el tiempo de verano, él ha hecho la travesía por el desierto y en el río en 4 ocasiones, respectivamente. Vive en Boston desde hace 31 años. Foto Josefina Ordóñez.

Abrir huecos en la arena para enterrarse, tapándose la cara con hojas de los árboles, dejando sólo su nariz libre para respirar, y así poder descansar para sobrevivir del intenso calor del desierto de Arizona, porque metros abajo la arena está fría y beber agua por la mañana del rocío de los matorrales fue la técnica que le salvó la vida en más de una ocasión. “Cuando he llegado todo mi cuerpo está lleno de espinas”, comenta Sánchez. En sus 4 viajes ha pagado a los coyotes aproximadamente 50 mil dólares.

Las historias de Rutilia Paz, Josefina Ordóñez, Pablo Ordóñez y Miguel Sánchez son verdaderas, sin embargo, los nombres son ficticios para salvaguardar la identidad de esta familia guatemalteca, que vive en Waltham desde que llegaron a Boston. Gracias a esta familia por abrir las puertas de su hogar y por enseñarnos que la migración es un grito desgarrador por la impotencia que refleja el alma al abandonar el nido, por dejar la esencia del ser para irse lejos de casa en busca de días mejores.

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