ir al contenido

La angustia de una abuela de Somerville por la no extensión del TPS

La nieta de Irma Flores escribió una carta. Normalmente las cartas que escriben los niños están llenas de espíritu navideño y nombres de juguetes, pero esta carta no era así. Las letras elaboradas con el esfuerzo y concentración de una niña de seis años estaban dirigidas al presidente Donald Trump, pidiéndole que por favor no obligue a su abuelita a dejar su casa y regresar a El Salvador, porque quiere tenerla a su lado todo el tiempo que sea posible.

El sentimiento plasmado en la carta no es extraño para Irma, el miedo y la urgencia por una esperanza lo ve todos los días durante su trabajo en la Alcaldía de Somerville, Massachusetts. Buena parte de los días de Irma están dedicados en ser el enlace entre la comunidad inmigrante que habla español con el alcalde de Somerville, Joseph Curtatone.

Irma ha sido testigo de cómo a los problemas que enfrentan a diario las familias de inmigrantes se les ha sumado la angustia de ir perdiendo más oportunidades, como las que brinda el programa de Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés).

Ella también lucha contra su propio temor. En 2001, tras el primer terremoto que devastó El Salvador, Irma viajó a Estados Unidos donde logró ampararse bajo el TPS, junto a sus dos hijos, en ese entonces, de 11 y 6 años.

Ahora, Irma debe asomarse al abismo de consecuencias que llegarían para ella y su familia después de la cancelación del TPS para los salvadoreños.

Durante la cena navideña, sobre la familia se mantenía la pregunta de si esa sería la última Navidad en la que pasarían todos juntos.

A veces Irma también tiene momentos en los que nota detalles de su rutina que pronto podrían estar en riesgo. Por ejemplo, su licencia de conducir se vence su cumpleaños, sin el TPS no tendrá permiso de trabajo y sin ese documento no podrá conducir.

“Después de 17 años uno está tan involucrado en la vida aquí que esas pequeñeces no las había pensado. ¿Qué va a pasar?”, comenta.

A inicios de esta semana, la pregunta “¿qué va a pasar?” se repetía entre Irma y otra salvadoreña que ya enfrenta un proceso de deportación. En su oficina de la alcaldía están intentando darle toda la ayuda legal necesaria, ya que ella tiene un hijo nacido en Estados Unidos. ¿Qué va a pasar con él cuando ella no esté? ¿Qué va a pasar si decide dejarlo?

“Es una posición difícil porque, ¿cómo puedo yo decirle no se preocupe? No puedo yo decirle no se preocupe si las familias están enfrentando esa situación”, dice.

Irma ve una lucha que se encamina cuesta arriba, difícil, pero no imposible. Para ella, todo apunta a que es necesario abogar por la propuesta de ley en el Congreso y que haya, por fin, una reforma migratoria. En estos momentos, están viendo cómo de repente se están terminando programas, afectando a toda la comunidad de inmigrantes, no solo a los latinos. Irma dice que esto ha llevado al extremo de que muchas familias piensen en “autodeportarse”. Pero ella sostiene que, aunque es cierto que han encontrado muchas oportunidades en ese país, también han aportado su trabajo por años.

Señala que la mayoría solo llega a Estados Unidos con unas maletas, muchos sueños, sin encontrar dónde dormir, dónde comer. La decisión de irse de El Salvador y comenzar desde cero es difícil y dolorosa. Ha leído críticas que se refieren a ellos como “limosneros y con garrote”, pero ella considera que es necesario darse valor. “Hemos aportado al país; así como cumplimos nuestras responsabilidades, tenemos derechos”.

Irma no ha tenido mucho tiempo para pensar qué hará ahora que se ha cancelado el TPS. Sus hijos crecieron en Estados Unidos, se han mantenido como una unidad que puede superar todo siempre y cuando estén juntos. A su familia se han unido las parejas de sus hijos y tres nietos, dos más vienen en camino.

“Yo quizá tenga que regresar, no sé, le digo honestamente que han pasado muchas ideas por mi cabeza, ok, quizá es tiempo de regresar, que vuelva a mis raíces que me reencuentre con mi tierra, con mi gente”. Pero a sus 50 años, la idea de empezar desde cero de nuevo es más aterradora, sobre todo porque no cree poder encontrar un trabajo en El Salvador por su edad: “Siento que acá estoy aportando un poquito al tratar de minimizar el impacto que todo esto está teniendo en las familias. No solo en el aspecto inmigratorio, la gente sufre con muchos aspectos”.

También ha pensado en quedarse, aunque pierda su trabajo en la Alcaldía, quizá podría cuidar bebés o montar una guardería.

“No tenemos que darnos por vencidos, pero también debemos estar preparados para el peor escenario que nos pueda venir. Si me pregunta si yo estoy preparada, no estoy preparada, creo que voy a quedarme hasta lo último para prepararme”, dice entre risas entrecortadas.

X