En el centro del Seaport District, en Boston, se encuentra un oasis de sabores, sonidos y olores. Las melodías del merengue llenan el lugar y el olor de los plátanos complementa a las palmeras en el interior. Las mesas y sillas robustas de madera parecen de una hacienda latina, y hacen contraste con los colores del resto de la decoración, naranja y azul.
La Casa De Pedro, un restaurante de comida latinoamericana, abrió hace un año en este vecindario, pero tiene una larga historia detrás de su apertura. Su dueño, Pedro Alarcón, logró su sueño de crear un lugar que se siente como abrir las puertas a Caracas, Venezuela, su país natal e inspiración.
El camino al éxito no fue fácil para Pedro Alarcón. Llegó a Boston en 1984 a vivir con sus hermanas. Duró sólo tres meses en Boston porque el invierno fue muy duro para él y volvió a su país. Después de enfrentar el caos y la dura realidad de la vida en Venezuela, regresó a Boston, donde comenzó a cocinar. Le encantaba, y empezó a ir a un colegio culinario por las noches mientras trabajaba cinco días a la semana. Trabajo para Boston University cocinando, y también trabajó en varios restaurantes. Después de ocho años renunció, y abrió su propio restaurante en Watertown, llamado igual: La Casa de Pedro. “Tenía solo tres mesas, 12 personas, un lugar muy chiquito,” dice Pedro. “Pero lo empezamos a poner mas grande y más grande, y 21 años después aquí estamos”.
Así abrió su local para complacer a otros, que como él, extrañaban la comida de Latinoamérica.“Cuando abrí mi primer restaurante, pasé seis meses comiendo pabellón con un huevo frito encima todos los días,” dice Pedro. “Porque hacerlo en casa en esa cocina tan pequeña te tardas una eternidad. La carne está lista es al día siguiente”. Eso no lo detuvo, igual le encantaba cocinar para sus amigos en su propia casa. “La pregunta siempre era, “¿A dónde vas? ¿Dónde estás? ¿Qué hiciste? ¿Qué vas a hacer? Y la respuesta era siempre ‘la casa de Pedro’” cuenta.
Le gustaba ser el anfitrión de las fiestas e invitar a sus amigos a su casa para tomarse unas cervezas, comer rico, y bailar. Su amor por ser anfitrión todavía se nota en la manera que trata a sus clientes y su personal en el Seaport. Se acerca a cada una de las mesas a presentarse, y tiene chistes con todos los mesoneros. La cocina se siente más como una sala que como un lugar de trabajo. El personal parece una familia.
Aunque este sea un restaurante Latinoamericano, Pedro asegura que el 85% de los clientes son americanos, y solo el 15% son Latinos. “Los Americanos que tienen una mente abierta vienen para acá”, dice Pedro. “Les encanta comer ceviche, y su plato venezolano favorito es el pabellón”.
Él nunca pensó que las arepas se volverían tan populares en Estados Unidos. La Casa de Pedro hace 1,000 arepas a la semana para sus clientes hambrientos. Aunque tienen un menú que ofrece muchos platos Latinos, desde nachos hasta empanadas, Pedro sabe que hay algunos platos que hacen falta. Quisiera agregar el asado negro al menú, pero como sólo los Venezolanos lo conocen, él solamente lo cocina en ocasiones especiales. Aunque, según sus cálculos, sólo el 2% de sus clientes son venezolanos, pero Pedro añora. “Extraño a mi maravilloso país, las playas, mi gente” dice Pedro.
En un día de semana, el lugar está lleno de clientes que se nota que apenas están recién salidos del trabajo. Ellos vienen a tomarse unos tragos y comerse unas tapas con sus compañeros. Pedro saluda a un grupo de ellos, y les muestra la fotografía del Salto Ángel, la caída de agua más alta del mundo, al sur de Venezuela, que cubre toda una pared de su restaurante. “¿Sabes que es esto?” pregunta Pedro. “Esto es inspiración”.