Un año es una unidad artificial ideada para medir el tiempo. Enfatizo el adjetivo artificial porque la naturaleza es ajena a estas categorías: no sabe lo que es un segundo, un minuto, una hora día, una semana, un mes, un año. Sabe, sí, lo que es un ciclo: el ciclo de la luz, el ciclo de las estaciones. Hablar, pues, del año que acaba y del que comienza es inferir un orden humano. ¿Y cómo fue este orden? Inclemente, diría yo. Empecemos por la meteorología. En 2011 se registraron más catástrofes climatológicas que en ningún otro año desde que los historiadores de la temperatura empezaron a establecer parámetros.

De Japón a África oriental, pasando por los Estados Unidos, el número de huracanes, ciclones, tsunamis, terremotos y sequías esÂ… ¿qué palabra usar? Astronómico. En mi propia región, en el centro de Massachusetts, una tormenta justo antes de Halloween dejó una estela de destrucción (árboles caídos, casas arruinadas, puentes destruidos, interrupción eléctrica) de la que apenas estamos recuperándonos. Acaso la peor de esas desgracias sea la sequía. Puede que la falta de lluvias en una zona del globo parezca irrelevante para el resto de nosotros. Pero si esa zona representa la cosecha de la tercera parte del trigo que se consume a nivel mundial, los efectos nutricionales en la humanidad serán catastróficos.

No cabe duda que el clima es caprichoso. Según Mark Twain, aunque todos hablamos incesantemente de la temperatura, nadie hace nada al respecto. Quizás hayamos empezado por fin a hacer algo. Porque la inclemencia del clima este año que se esfuma tiene que ver con el calentamiento global. La gente es consciente de ese cambio generado por el consumo humano. Si bien la adquisición de una conciencia no implica un cambio, sí puede ser el principio de una actitud distinta.

La inclemencia de 2011 se manifestó de forma similar en el ámbito político. El año empezó con una docena de tiranos y bufones en el poder, de Mubarak a Berlusconi, de Gadafi a Kim Jong-il, y terminó sin ellos. La característica singular de este año que ya es historia fueron los movimientos de protesta. La primavera árabe fue solo un ejemplo. La ocupación anti-corporativa de Wall Street y otras ciudades y la resistencia masiva en Rusia forman parte del mismo capítulo.

Es irónico que Vaclav Havel, el dramaturgo y dirigente checo, haya fallecido en estos días porque él simboliza la insurgencia popular cuyo saldo es óptimo. Desgraciadamente, la mayor parte de las protestas, organizadas a través de Facebook, Twitter y otras redes sociales, tuvo consecuencias mixtas. En Egipto un régimen militar mantiene al país en jaque. En Moscú, Vladimir Putin cree que sus detractores son comediantes. Y Bashar al-Assad, el presidente sirio, se empeña en convencer a los observadores de la Liga Árabe que los millones de personas que se oponen a su despiadada dictadura son terroristas. Como en el caso de la meteorología, el alboroto ideológico fue enorme este año. Pero ese alboroto no trajo ningún alivio. Y ni hablar de la economía.

De joven, yo solía ser un optimista. Todavía creo serlo aunque de manera sutil. Los cambios naturales y humanos de que somos testigos no parecen conllevar mejoras. No hace mucho, leí que la violencia general ha disminuido si comparamos nuestros tiempos con la época romana, las cruzadas, o la Edad Media. Es cierto que la ciencia y la tecnología han elevado nuestra calidad de vida. Y también es cierto que el individuo promedio en el mundo occidental tiene una longevidad mayor a la de cualquier antepasado.
Hemos reducido el dolor. Gracias a la proclamación de la ley universal de los derechos humanos, los abusos civiles actuales tal vez sean menos. Sin embargo, la sobrepoblación aumenta diariamente y los recursos planetarios son limitados. Decir que el ciclo que se abre ante nosotros, el ciclo al que nos referimos como un año, es inimaginable parecerá obvio. Pero lo impredecible resulta hoy más amenazador que nunca.

Ilan Stavans es autor y profesor mexicano. Titul

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