Cada vez son menos los libros que me interesan. En lugar de leer novedades, con frecuencia me descubro releyendo clásicos cuyo efecto apenas sospeché cuando los tuve primero en mis manos pero cuyo valor ante mí que el tiempo ha incrementado. La Biblia, por ejemplo. ¿Cuántas veces la abrí de forma mecánica en mi infancia sin sospechar que en mi adultez encontraría en ella anécdotas que no dejarían de maravillarme? No soy un hombre religioso. No voy a la Biblia para justificar mi fe. Llego a ella como lector. Sus historias no deberían sorprenderme, dada la frecuencia con que vuelvo a ellas. Sin embargo, siempre descubro algo nuevo, algo distinto, algo insospechable. No es el texto el que es complejo sino la acumulación de lecturas que generaciones sucesivas han depositado en él. Clásico, pues, es un libro en el cual coincidimos con lectores de otras épocas.

Mark Twain decía que clásico es también aquel libro que todos conocen y que nadie lee. Esa apatía no me preocupa. Cuando escucho que alguien asegura que en el presente hay menos lectores que en el pasado y que en el futuro habrá incluso menos que en el presente, reacciono con una sonrisa. La literatura ni tiene la obligación de ser popular, ni tampoco democrática. Su placer es individual, por no decir elitista. Puede que los clásicos sean más o menos populares según el momento, pero jamás perderán su vigencia. El que es celebrado ahora será eclipsado mañana y viceversa. De hecho, el confort que ofrecen los clásicos estriba en su capacidad de sobreponerse al presente. Seguirán vigentes cuando nosotros ya no estemos.

Reconozco que mi actitud ante los clásicos no está libre de violencia. Creo que no únicamente hay que leerlos sino también reescribirlos. Hace poco alguien publicó «Pride and Prejudice» insertando zombis. Se me ocurre que Dante y Virgilio deberían visitar Ciudad Juárez, que Ulises podría toparse con algún extraterrestre y que no estaría mal insertar a Rashkolnikov en un gueto sudafricano. Por reescribir, lo que quiero decir es apropiarse de su contenido. Hace una década traduje el Quijote al Spanglish con ese objetivo en mente. Al clásico hay que denigrarlo (usar sus páginas como papel higiénico, por ejemplo) y enaltecerlo: construir museos en los que celebremos su contenido. No hay nada peor que obligar a alguien–en la escuela, en la iglesia, en la nación–a leerlos. Para gozar de la poesía de John Donne, hay que llegar a ella por accidente.

Mi lista de funciones no termina todavía. Clásico es aquel libro que además de multiplicar el número de lectores tiene la capacidad de inventar naciones. Grecia existe gracias a la Eneas, España al Quijote, el mundo árabe al Corán. Shakespeare es el creador de Inglaterra y no al revés. Esa capacidad estriba en tramar nociones, esto es, abstracciones: el apocalipsis surge del Libro de las Revelaciones, el consciencia de los ensayos de Montaigne, la ansiedad en la desesperación «Die Leiden des jungen Werthers».
Otra característica: clásico es un libro que consolida un idioma. Debemos a Eça de Queiros la supremacía del portugués, a Garcilaso de la Vega y Jorge Manrique la del viaje del castellano al español, a Pushkin la de la consolidación del ruso. Los clásicos conciben literaturas: Según Hemigway, la literatura norteamericana surge de «Huckleberry Finn». Igual puede decirse de Tevye der milhiker y las letras idish, del Martín Fierro y la tradición argentina, de Flaubert y la gesta francesa.

En fin, leer a los clásicos, a más de ser prueba que envejezco, me sirve de consolación: a través de ellos dejamos–o creemos que dejamos–de estar solos.

Ilan Stavans es un autor y profesor mexicano. Titular de la cátedra Lewis-Sebring en Amherst College. Su e-mail es: ilan@elplaneta.com

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