He estado viendo la telenovela «Una Maid en Manhattan», que debutó a fines de noviembre y se proyecta en Telemundo a las 8:00pm EST. Basada en la mediocre película hollywoodense de 2002 con Jennifer López y Ralph Finnes, la trama de esta serie es sobre una mexicana (proveniente de un Michoacán acosado por el narcotráfico) que emigra a Nueva York con su hijo de diez años.

El padre del niño, ¡sorpresa!, es un norteamericano que antes que la trama comenzara pasaba las navidades en México. Se nota pues que esta trama, como es costumbre y más allá de cualquier sospecha, es un meollo de complicaciones melodramáticas que los guionistas sobre-extienden a lo largo de una temporada que empezó en noviembre y que ya en el tercer episodio parece interminable.

Confieso nunca saber si son nuestras telenovelas las que hacen que los espectadores hispano-parlantes seamos híper-sentimentales, o si es nuestra «sensiblería» cultural la que se refleja en estos bodrios. Queda establecida mi opinión sobre la forma y el contenido de la serie. Y no diré nada sobre las actuaciones porque, francamente, tampoco hay mucho en ellas que sea estimable. Da la impresión que sus actores recibieron sus líneas apenas 15 minutos antes de la grabación. En general, el histrionismo en nuestras telenovelas es ¿cómo decirlo? Abusivo… Por abusivo, quiero decir espurio, artificial, contrahecho. «Una Maid en Manhattan» no es una excepción.

Me interesa resaltar el experimento lingà 1/4ístico que Telemundo ha decidido emprender en esta serie. Puesto que desde hace tiempo esta cadena televisiva está lejos de su contrincante Univisión en cuanto al número de telespectadores (según estadísticas, tres de cada cuatro sintonizan Univisión y el cuarto Telemundo), para competir necesita arriesgarse. Esa telenovela representa acaso el riesgo más notable de los últimos tiempos.

Eso no quiere decir que el resultado sea estimable. El riesgo es el siguiente: en vez de ofrecer los diálogos de «Una Maid en Manhattan» en un español mexicano cuidado, los personajes, al menos un puñado de ellos, hablan–o pretenden hablar–en Spanglish, es decir que salpican sus frases con vocablos y hasta oraciones en español.

La apuesta de Telemundo es que hoy por hoy la minoría hispánica en los Estados Unidos es mestiza, no solo en sus dimensiones étnica, política, religiosa y geográfica sino–y, a mi gusto, sobre todo–en su lenguaje. Un elenco que refleja la idiosincrasia latina en Nueva York debe entonces manifestar esta mezcolanza verbal. Como el apasionado defensor del Spanglish que he sido por una década y media, aplaudo el riesgo. Ya era hora que los ejecutivos de las grandes corporaciones que nos entretienen a diario optaran por refractar lo que ocurre cotidianamente entre nosotros.

El problema de «Una Maid en Manhattan» es que su Spanglish es una mera fabricación. El cambio de códigos es demasiado ordenado, limpio, la cadencia de los varios españoles neoyorquinos (puertorriqueño, dominicano, colombianoÂ…, además del mexicano) un fárrago irreal. Por el amor de Dios, ¡nadie habla así entre nosotros! Ni siquiera el acento de los gringos es auténtico.

Quizás la limitación central sea el casting. Una serie como ésta debería usar un elenco cuyo idioma cotidiano en sí mismo sea un híbrido. Y debería exhortar al elenco a que se pasee por diferentes secciones de la ciudad. ¿Qué tan difícil puede ser filmar una telenovela en Spanglish en un hábitat donde todo el mundo vive en ese nuevo lenguaje? Como espectadores, tenemos la impresión de que los guionistas son un manojo de turistas despistados que llegaron a Nueva York la semana pasada.

«Ilan, no seas cruel», oigo decir a mis críticos. «Se trata de un experimento, ya vendrán otras series que sean genuinas». Y yo respondo: ojalá. La verosimilitud es una intuición infrecuente en nuestras cadenas televisivas. Lástima porque hay tanto en el Nueva York hispánico que es melodramático. Basta con dejar que la cámara deambule libremente, que siga a un puñado de hispanoparlan

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