(Pregunta de Javier García, periódico La Tercera, Santiago, Chile): Luego de traducir parte de El Quijote al spanglish, ¿hay literatura contemporánea que te gustaría traducir?

– Al español he traducido poemas de Emily Dickinson, Elizabeth Bishop y Richard Wilbur. Y al Spanglish traduje el «Ave María» y ahora «Romeo y Julieta» de William Shakespeare. Me gustaría traducir al español «El mercader de Venecia» si algún editor se interesara. Traduje hace poco al inglés «Lo Fatal» de Rubén Darío, el «Borges y Yo», los poemas de judeo-español (i.e., ladino) de Juan Gelman. Traduje, asimismo, todos los cuentos de «El llano en Llamas» de Rulfo porque la traducción existente de 1967 me parecía una abominación. Y el año próximo saldrá en Estados Unidos un volumen completo, en formato bilingà 1/4e, de to as las odas de Neruda–las 226–que yo traduje y que es parte de mi proyecto vital de reintroducir a Neruda en inglés. Se titulará «All the Odes» (Farrar, Straus, and Giroux).

– Sobre la traducción de las Odas de Neruda, ¿por qué te interesaste en ellas? ¿Qué encontraste en ellas que quieres trasmitir al lector en inglés?

– Neruda es un poeta de inmenso registro, tanto temático como melódico. Increíble que el mismo autor pueda producir los versos más tristes esta noche y una acusación como la de la United Fruit, Co., que vaya de lo sentimental a lo épico y de regreso en los cien sonetos de amor. Sus odas tienen un sitio privilegiado en esa producción. Su uso de la oda nos regresa a Horacio y a Píndaro y a Catulo, a Dryden, a Wordsworth y a Keats, pero sin la solemnidad, sin el protocolo. Habla de–y les habla a–la cebolla, la tristeza y el Río Mapocho como si fueran criaturas de carne y huesos que estuvieran frente a él. Lo mundano se eleva en ellas convirtiéndose en deidad y viceversa. Leídas de forma conjunta, las odas son un diario cotidiano, un «diario de a diario», como diría Nicolás Guillén. El público norteamericano ama a Neruda y yo amo casi todas sus odas.

– ¿Traducirías algunos libros de Roberto Bolaño?

– Soy un admirador de Bolaño. Nunca lo he traducido, al inglés, al spanglish o a ninguna otra lengua.

– ¿Has realizados nuevos estudios con el spanglish?

– Sí, muchos. Me he enfocado en las variantes del spanglish entre las diferentes generaciones y los diversos grupos nacionales. También he profundizado en las semejanzas entre el spanglish y el yiddish.

– Señalas en el libro que aún las editoriales en Estados Unidos y Europa les interesa promover la literatura producida en América Latina como un «estilo realismo mágico», ¿no percibes acaso que esa tendencia era más bien en la década del 80 y no ahora?

– Desgraciadamente, esa tendencia persiste en la actualidad: llámalo el defecto Carpentier, que nos regaló el término «lo real maravilloso». El «boom» es hoy una reliquia (los contrincantes García Márquez y Vargas Llosa cada uno tiene su Nobel) pero con la salvedad de Bolaño, la literatura latinoamericana de los últimos años se lee poco en los Estados Unidos y Europa. No quiero decir que no se traduzca; indudablemente se traduce aunque no se lee. Ni siquiera se lee mal. No se lee porque no interesa. Y no interesa porque no tiene una propuesta única. Es decir, carece de originalidad y acaso de autenticidad. Claro que en América Latina nosotros siempre nos especializamos en la falta de originalidad; de hecho, nuestras obras maestras (piensa en Borges y en «Cien Años de Soledad») son pura imitación, una imitación que en sí misma es original. Bolaño entra bien en ese contexto porque es un impostor. Ese juego parece haberse interrumpido. Hay mucha imitación ahora, imitación barata, de segunda, bien escrita pero olvidable.

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