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Por Felicitas Baruch

La muerte de Fredy Eduardo Zepeda sacudió a Boston la semana pasada. Cuando se preparaba para ir a trabajar, el guatemalteco de 35 años fue arrollado por un vehículo frente a su domicilio en Brighton, ante los ojos de su esposa Milvia y su pequeño hijo, Randi. La mujer que conducía el automóvil fue interceptada un par de cuadras adelante y tras una fianza, volvió a casa mientras la corte se prepara a hacer justicia.

Pero si la justicia espera, la vida no. Desde aquella mañana del 16 de julio, la vida de la familia Zepeda sigue, aunque con múltiples dificultades.

Además del dolor por la ausencia del esposo, el padre y el hermano, la humilde familia tiene que enfrentar elevadas cuentas que van desde los servicios médicos suministrados a Fredy en su agonía, hasta el envío de su cuerpo a Guatemala.

«Es terrible. No tenemos el dinero para esto, sólo enviar el cuerpo a Guatemala es carísimo», explicó Ada Mari Sosa, cuñada de Fredy. «Pero, ¿cómo imaginarnos que pasaría algo así? Nunca».

Hasta el pasado 22 de julio, a seis días de la tragedia, la familia difícilmente había logrado reunir poco menos de la mitad de los $13,000 para repatriar a Fredy. Sin contar los gastos por funerales, representación legal, trámites y servicios médicos.

Familia y amigos han organizado colectas colocando botes en pequeñas tiendas de Brighton, Allston, Somerville y South Boston. En árboles, postes y pizarras de Brighton, se dejan ver improvisados volantes con la imagen de Fredy, solicitando ayuda para regresarle a Guatemala, la tierra a la que nunca pudo volver desde 2000, y donde le esperan tres hermanos y su hijo mayor Brandon, de nueve años. «La gente quería mucho a Fredy, ellos nos han ayudado. No sé qué haríamos aquí sin las amistades, lejos de la familia», dijo Sosa en entrevista con El Planeta, al explicar que la angustia por reunir lo antes posible el dinero de la repatriación, les mantiene ahora sin pensar en las cuentas adicionales: la del hospital asciende a $100,000, resultado de la cirugía de cráneo y el tratamiento recibido por Fredy en las horas que luchó por su vida, señaló su cuñada.

«No tenemos dinero para pagar esa cuenta, es imposible. No sé qué vamos a hacer», apuntó Sosa, para quien este hecho ha arruinado sus vidas. «Todo esto es una pesadilla.

Ahora tendremos que irnos de esta casa. Mi esposo no puede con los recuerdos», dice Sosa en referencia a Jairo Oswaldo Latin Zepeda, hermano menor de Fredy.

Latin Zepeda, quien vivía al lado de su hermano, encuentra difícil aceptar la ausencia de Fredy. «Estaba muy contento, tenía una boda este sábado, ¡y mira!», dijo Latin Zepeda recordando los últimos días de Fredy, su compañero de gimnasio y el hermano que hace cuatro años le recibió en Boston con los brazos abiertos.

«Trato de agarrar fuerzas, pero de repente no lo puedo evitar y me derrumbo», comentó Latin Zepeda con tristeza. «Hace un año y dos meses perdimos a mi mamá. ¡Y ahora esto!».

IMPLORAN JUSTICIA Y AYUDA
La familia no puede entender cómo la mujer que manejaba el vehículo, Cathy Bergin-August, de 47 años, se encuentra libre tras haber pagado una fianza. «Solo queremos justicia. No se llevó a un perrito o a un bote de basura. Era un ser humano», señala Sosa. «Es un peligro. Ya nos destruyó la vida a nosotros, ¿esperan que se la destruya a alguien más?». Bergin-August, quien se declaró no culpable del cargo de homicidio con vehículo motorizado, volvió a quedar libre tras pagar $11,000 y regresará a la corte el 17 de septiembre, donde también tendrá que comparecer por haber huido de la escena, dijo a El Planeta el abo

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