By Ilan Stavans

En Bogotá hace unos días participé en un ritual indígena sagrado amazónico en el que se toma de una sustancia espesa y amarga llamada ayahuasca, también referida como yagé. El nombre científico de la planta es Banisteriopsis caapi. Pertenece a la familia de las Malpighiaceae. En quiché, ayahuasca es una palabra compuesta que significa «espíritus» y «soga», aunque su significado común y corriente es «vino del alma». El uso de la sustancia es enteógeno, es decir, tanto medicinal como para la enseñanza religiosa.

El centro de gravedad sobre el cual gira la cosmovisión indígena amazónica es el estómago. De ahí el impacto total de la ingestión. La ceremonia duró toda la noche. Estuvo marcada por la música, las plegarias y las sombras. Participamos varias personas y otras más fungieron de soporte. Una anciana estólida con sus tres hijos chamanes nos sirvieron de guía. Los malestares físicos incluyeron vómitos y sacudidas.

Años atrás, durante mi adolescencia, leí con asombro «Las Enseñanzas de Don Juan», la tesis doctoral presentada en la Universidad de California en Los Ángeles que publicó Carlos Castañeda en formato libresco en 1968. Me impresionó profundamente. Cuenta cómo el autor ingirió tres sustancias –peyote (Lophophora williamsii), toloache (Datura inoxia) y un hongo (Psilocybe mexicana) — para convertirse en hombre de conocimiento. Devoré asimismo los volúmenes de Castañeda que lo siguieron, donde cuenta su aprendizaje bajo la tutela de Juan Matus, un brujo yaqui de Sonora. Casi todos me aburrieron.

Días después de la ceremonia cachaca y la toma de ayahuasca, releí el libro de Castañeda, que en la edición publicada por el Fondo de Cultura Económica tiene una introducción de Octavio Paz. Lástima que el Nobel mexicano haya escrito en la oscuridad, que es como yo estaba hasta ahora. Entrar en el oscuro mar de la conciencia es atemorizante. Requiere vigor y coraje, ni hablar de concentración.

Esta vez tampoco me interesó el recuento de Castañeda. El viaje que uno emprende tomando ayahuasca es intensamente privado. Por eso no puedo abundar en detalles. De hecho, lo ocurrido derrota el propósito mismo de la literatura: usar palabras justas para describir la realidad.

Sé, sin embargo, que ya no soy el mismo de antes.

Ilan Stavans es ensayista y profesor; entre sus libros se encuentra «La Condición Hispánica». Imparte la cátedra Lewis-Sebring en Amherst College. Su e-mail es ilan@elplaneta

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