En un par de dias, Twitter, Facebook y otras redes sociales expulsaron oficialmente de sus plataformas al presidente Trump tras sus numerosos incentivos al odio y a la violencia. Al mismo tiempo, el Príncipe Harry y Meghan Markle abandonaron sus redes sociales tras recibir constantemente comentarios de odio. Durante meses, funcionarios médicos y públicos han luchado para contrarrestar toda la información errónea relacionada a eventos políticos y a las vacunas contra el COVID-19 que circulaba en las redes sociales. Información falsa que acabó destrozando a familias y a amistades, y que también costó muchas vidas. ¿Hemos alcanzado el «colmo del odio» y la total confusión en línea? ¿Cómo lo combatimos? ¿Cuáles son las causas y los costos de la tiniebla que invade nuestras vidas digitales? ¿Como podemos seguir adelante?

“Una Info-Demia”

Con la pandemia, hemos abandonado nuestras plazas públicas y mudado a foros en línea. Facebook experimentó un aumento del 27% en el número de usuarios diarios al principio de la pandemia. Las redes sociales ya no representan una fracción marginal de un Internet productivo, sino que se han convertido en parte integral de cómo nos conectamos, obtenemos noticias y compartimos información. Pero al hacerlo, rara vez nos paramos a pensar en cómo proteger nuestra privacidad y salud mental y la de otros.

Por eso la mayoría de las fuentes de noticias experimentaron un aumento significativo en sus audiencias tanto televisivas como digitales desde el principio de la pandemia. Pero los medios tradicionales no son la única industria en auge; también se está incrementando la circulación de noticias falsas. Desde el comienzo de la pandemia, la desinformación que promueve remedios caseros para protegerse del COVID-19 y las teorías de conspiración como Q-anon han ganado terreno en nuestro panorama mediático y en nuestra percepción de la realidad.

Adictivas por Diseño: “Las Redes Sociales son una Droga

Los expertos afirman que la pandemia ha acelerado la economía digital, y muchos predicen que la mayoría de las innovaciones que vemos hoy permanecerán en el futuro. Algunos sugieren que la eficacia y la agilidad de la economía digital conducirán al éxito. Una de las características de esta creciente economía digital es que está efectivamente diseñada con tecnología adictiva. Ahora que el daño es visible, tenemos que discutir públicamente las implicaciones a largo plazo de impulsar el crecimiento económico a base de adicción.

Cuando los Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial en 1918, el tabaquismo entre los soldados se disparó tras el impulso de numerosas empresas tabacaleras y de anunciantes que convencieron a los soldados que los cigarrillos eran un escape psicológico contra el aislamiento y el estrés de la guerra, proporcionándoles un suministro “gratuito”. Cuando las raciones de cigarrillos fueron suspendidas, se vendieron libres de impuestos en las tiendas militares para incentivar actividades recreativas y el bienestar de los soldados.

Los Estados Unidos, al igual que otros países, ha utilizado la adicción para financiar bienes sociales, como en el caso de la lotería para apoyar a las escuelas, o de las ganancias de casinos para financiar programas contra la adicción al juego. Fumar en el ejército sigue siendo hoy en día un problema que nos cuesta millones de dólares como contribuyentes del estado.

No podemos subestimar las consecuencias duraderas e involuntarias del material adictivo en línea, ni la forma en que decidamos confrontarnos a difíciles circunstancias. Diseñar tecnología adictiva puede resultar extremadamente costoso en el futuro. Hoy, nuestro deber es encontrar formas saludables para permanecer conectados, apoyarse mutuamente y difundir información verdadera. También debemos responsabilizar a los funcionarios públicos que se benefician de la radicalización fomentada en las redes sociales. Nuestro equilibrio emocional, democracia y vidas, y las de las generaciones venideras, dependen de ello.

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