Ana Julia Jatar (@anajuljatar).

El 20 de enero se juramentaron el nuevo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden y su vicepresidente, Kamala Harris, primera mujer y primera afroamericana en lograrlo. La democracia se mantuvo en pie a pesar de que estuvimos muy cerca de perderla. La transición fue pacífica a pesar de los hechos que precedieron el acto. Donald Trump cree que le conviene continuar alimentando su Gran Mentira del fraude electoral y decidió no asistir. Ese es su problema, el nuestro es evitar que esa mentira se propague como un virus, porque mientras exista, nuestra democracia continuará en peligro.

Cuando terminemos de digerir la información de la conspiración del 6 enero contra la democracia de Estados Unidos, nos daremos cuenta de que estuvimos apenas a 30 metros de perderla. Exactamente los metros que separaron al vicepresidente Mike Pence antes de esconderse de la turba armada que había entrado al Capitolio gritando “ahorquemos a Pence” y preguntando ¿“Dónde está Pelosi”? ¿Se imaginan lo que hubiese sucedido si los policías, muy mal preparados para un golpe como este, no hubiesen actuado rápidamente para sacar al vicepresidente, a Nancy Pelosi, al resto de los miembros del Congreso y el Senado a resguardo? Por cierto, fue un policía afroamericano, Eugene Goodman, quien logró engañar a los criminales a que lo siguieran por unas escaleras, prácticamente convertido en carnada humana para los supremacistas blancos y así lograr alejarlos de la puerta que conducía a la Cámara del Senado, por los segundos necesarios para evacuarla.

Las democracias se pierden desde adentro. La receta es conocida, un líder populista utiliza el sistema democrático para llegar al poder con un discurso plagado de mentiras y con la intención de perpetuarse en él. Trump llegó al poder sin creer en la democracia y buscó la manera de subvertirla. No lo logró, aunque lo intentó obsesivamente durante cuatro años. Trató de acabar con la credibilidad de los órganos de Inteligencia, con el Ministerio de la Defensa, con La Corte Suprema, con el Sistema Electoral y finalmente luego de probarlo todo para revertir el resultado electoral, en el paroxismo de su desespero porque sabía que la tenía perdida, convocó a una turba a tomar el poder legislativo. También fracasó. Y si en los días después de las elecciones, los gobernadores, alcaldes o jueces de ambos partidos que se negaron a aceptar las amenazas de Trump no hubiesen tenido el espíritu democrático y el valor de hacerlo, tendríamos un ilegítimo Trump en la Casa Blanca por más tiempo. En eso también fracasó.

Cuando ganó, en 2016, insistió en que la elección fue fraudulenta porque en su fantasía narcisista, no aceptaba haber perdido el voto popular. Hoy recurre a la misma mentira. Él sabe que perdió el 3 de noviembre, pero ese mismo día afirmó que había ganado. Luego siguiendo el propio truco Goebeliano, ha continuado repitiendo su mentira hasta convertirla en verdad para sus seguidores y en la Gran Mentira para el resto. Su gente le creyó apoyado por más de 100 representantes y 8 senadores, quienes también merecen pagar por ello.

Si desnudamos la Gran Mentira de Trump y su teoría conspirativa en su contra, solo queda al desnudo una horrible realidad: su enfermo racismo. Según Trump, se cometió un “gigantesco” fraude electoral contra él, pues hubo “enormes irregularidades”, pero según él mismo, estas no ocurrieron en todo el país. Claro que no, sino ni Ted Cruz hubiese ganado. Tampoco a nivel de estados pues gobernadores republicanos estarían en problemas. ¿Dónde entonces? Con todo el descaro dicen que fue en las ciudades donde los afroamericanos viven y votaron como nunca antes precisamente porque entendieron que, bajo el gobierno de Donald Trump, sus vidas no tenían valor. Ni la vida de nadie, por cierto, pues al dejar la presidencia se lleva en sus hombros el peso de 400 mil vidas perdidas por su deplorable e irresponsable manejo de la pandemia.

Según los conocedores del tema, la supremacía blanca es la mayor amenaza terrorista para los Estados Unidos en los años por venir. Para que la democracia sobreviva, cada ciudadano debe tener su voz y cada voto debe ser contado. El presidente Biden y su promesa de reunificar al país nos tranquiliza, pero cada uno de nosotros tiene su responsabilidad en garantizarlo.

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