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Los héroes invisibles que ahora necesitamos más que nunca

Read in English here – Dig Boston


En Italia y España, donde los ciudadanos están obligados a mantenerse en cuarentena en sus hogares para evitar la propagación del COVID-19, la gente sale a los balcones y ventanas de sus casas a ovacionar la labor del personal médico y de enfermería que expone sus vidas para salvar a los más afectados por el virus.

En EE.UU., mientras la Casa Blanca se enfoca en culpar de todo a China y al presidente Barack Obama, son pocos los que se acuerdan de quienes limpian y desinfecta los pasillos, las salas de espera y de operaciones, y el resto de espacios de los hospitales.

Son pocos los que se acuerdan, ahora que las calles están casi desiertas en un planeta en cuarentena, de esos otros trabajadores invisibles que recogen la basura evitando que todo se pudra rápidamente y las ratas tomen las ciudades en un santiamén.

Wendy Melendez es una dominicana que lleva 10 años limpiando en el Tuft Medical Center de Boston y ha visto de todo. Le ha tocado limpiar ríos de sangre, literalmente, y a diario se expone a pincharse con alguna de las jeringuillas que tiene que recoger, sin mayor protección que unos guantes de goma fina y una escoba, de los baños sin vigilancia del hospital, donde adictos se esconden para aliviarse.

Pero “nunca había estado tan preocupada. Sigo trabajando con mucho miedo. Nos estamos arriesgando, pero mientras haya staff (personal) sanitario trabajando, somos una parte imprescindible. Porque si nosotros no  limpiamos, ¿cómo, en qué condiciones, van a poder trabajar los médicos?”, expresa Wendy.

“Nosotros nos arriesgamos para salvaguardar a otros. Formamos un círculo con el staff, pero si ellos se arriesgan, nosotros nos arriesgamos el doble. Porque nosotros limpiamos y recogemos los deshechos, y en una situación de pandemia como esta, es mucho más peligroso y problemático”, explica esta limpiadora invisible.

Wendy confiesa que ha estado alguna vez a punto de desmayarse al descubrir lo que debía limpiar, como en aquella ocasión en la que “por error o accidente” del hospital le cortaron una vena a un paciente tratando de recoger un cultivo de piel y toda la habitación se llenó de sangre.

Trabaja, principalmente, higienizando las salas de consulta del edificio de enfermedades infecciosas, donde “llegan pacientes de todo tipo y siempre acaba habiendo algo contagioso”.

Ella sigue usando los guantes que usa “normalmente”, solo que  ahora se pone mascarillas más a menudo si entiende “que puede haber un riesgo más alto”.

“Y si me tengo que poner 15 guantes me los pongo, yo me protejo”, añade Wendy, quien lamenta que entre sus compañeros hay personas en edades de más riesgo, como un señor que limpia en el turno de noche que tiene “más de 70 años y que no se ha querido retirar”.

Estos días, a pesar del miedo a contagiarse, Wendy sigue trabajando, subraya, por dos razones: por solidaridad y responsabilidad social, “los médicos tienen que encontrar las áreas limpias y desinfectadas”; y por pura supervivencia, “todavía nadie ha dicho que no haya que pagar la renta, que no haya que pagar los billes (facturas)”.

Wendy es miembro del sindicato SEIU 32BJ y explica que gracias a esta unión, ahora cobran más que antes ($20 la hora) y tienen algunos beneficios, pero que todavía es un trabajo del que se sobrevive “cheque a cheque” semanal: “hora trabajada, hora pagada, si no trabajamos, no cobramos, esto es lo que más nos obliga, no podemos darnos el lujo de dejar de trabajar”.

Lanza un mensaje a sus conciudadanos: “nosotros estamos tratando de cuidarlos, pero que la gente haga su parte, que la gente se quede en su casa, que no se exponga y nos pongan en riesgo a nosotros que lo hacemos por obligación y necesidad. Porque no se expone uno solo, se expone a un montón de gente, a tu familia, a la gente con la que te subes en el autobús, en el tren”.

La 32BJ representa a unos 14,000 trabajadores de limpieza y unos 6,000 empleados de seguridad en Massachusetts, que laboran en edificios de oficinas y en los de las universidades de Harvard y MIT.

Cinco miembros habían dado positivo hasta el momento de escribir este artículo, 26 de marzo, al coronavirus.

La Unión está luchando  para que esos contagiados no dejen de cobrar las horas que están perdiendo de trabajo, asegura en entrevista telefónica su vicepresidenta, Roxana Rivera, quien explica que sus representados que trabajan a tiempo completo tienen beneficios como seguro médico para ellos y sus familias y días pagados por enfermedad y vacaciones.

Pero cuando los despiden, no tienen ningún beneficio. Y ahora, muchos de los empleados de limpieza y seguridad que trabajan en las universidades están perdiendo sus empleos. MIT se ha comprometido a pagarles 30 días. Harvard hará lo mismo pero, por ahora, solo a los que contrata directamente. Los demás, subcontratados a través de otras compañías, dependenden de lo que decidan esas empresas.

El sindicato está peleando para que todos los despedidos por esta situación de pandemia reciban alguna compensación y están en permanente monitoreo de los casos hablando con las familias de los afectados y en comunicación con las compañías para que sigan todos los protocolos que aseguren con los compañeros están bien, relata Rivera.

De los cinco casos, uno de ellos está en condición de gravedad.

“Es una crisis de salud pública, si tienen que mandar a la gente a sus casas que les paguen. Estamos pidiendo a las universidades y edificios que también se les pague a los subcontratados”, insiste la sindicalista.

El sindicato también está tratando de informar a sus miembros todo lo posible sobre cómo protegerse contra el COVID-19 y animándolos a cuidarse con circulares, comunicándose con las compañías contratistas de limpieza y hablando con los líderes de cada uno de los 2,000 espacios laborales donde trabajan los unionados.

Rivera reitera que sus representados, la mayoría afroamericanos e inmigrantes, trabajan ahora con altos niveles de miedo y ansiedad y reivindica que las universidades y otros edificios donde se están produciendo despidos, reconozcan que en estos momentos más que nunca prestan un servicio invaluable para la sociedad:  “que no usen a los trabajadores sólo cuando los necesiten y luego echarlos a su casas, que paguen a los contratistas para que paguen a los trabajadores en este momento”.

“Estos hombres y mujeres son los héroes anónimos de la pandemia del coronavirus y están entre quienes menos pueden darse el lujo de perder sus salarios y beneficios durante esta crisis”, subraya Rivera.

Otro de estos héroes anónimos es Kevin, un hombre joven que recoge la basura en las calles de Cambridge y se le ve feliz y animado en un trabajo en el que empezó el pasado 6 de junio después de haber estado en una lista de espera durante 10 años.

Kevin hace malabares con los cubos de basura mientras va llenando de desperdicios el camión. No le preocupa demasiado el coronavirus ni toma precauciones extraordinarias. Reconoce que ahora tienen mucho más trabajo que cuando empezó hace poco menos de tres meses por dos razones.

Por un lado, la basura residencial, que es a la que se dedican él su compañero que conduce el camión y a veces se baja para ayudarlo a él, ha aumentado debido a que mucha gente no sale de sus casas y lo consume todo ahí, mucho más de lo habitual, generando muchos más desperdicios.

Por otro lado, la plantilla se ha reducido para minimizar el contacto y el riesgo entre compañeros de tres trabajadores a dos por camión.

También tienen que recoger más calles por camión, pero con la drástica reducción del tráfico están ganando mucho tiempo en el trayecto de la casa al trabajo y de regreso, lo que al alegre Kevin le compensa.

“Hay mucha más basura, mucha más mierda. Pero si nosotros paramos un solo día, todo se pudre y las ratas tomarán la ciudad”, dice Kevin sonriendo sin dejar un solo instante de moverse entre cubos de basura y saltando arriba y abajo del camión.

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