¿Les hierve la sangre ante la idea de que se le niegue un lugar en la lista a un candidato a un cargo político por su incapacidad de hablar perfectamente inglés? ¿O su sangre empieza a hervir cuando alguien sugiere que los funcionarios electos no necesitan hablar inglés correctamente para llevar a cabo sus funciones gubernamentales en Estados Unidos?

Es posible que ambos impulsos surjan de inquietudes legítimas. Consideremos a Alejandrina Cabrera, activista política y candidata al Concejo Municipal de San Luis, Arizona.

La semana pasada, un juez dictaminó que su nombre debía eliminarse de la boleta electoral porque no sabe suficiente inglés para desempeñar sus funciones –determinación realizada después de que un lingà 1/4ista examinara a Cabrera e informara al juez que sus aptitudes lingà 1/4ísticas están en un «nivel básico de supervivencia» y no son suficientes para realizar sus tareas municipales.

Para que no crean que ese fallo fue en parte provocado por motivos étnicos, la misma Cabrera comunicó a reporteros, en español por medio de intérpretes, que habla poco inglés pero lo suficiente para manejarse, porque la ciudad fronteriza de San Luis conduce gran parte de sus actividades en español.

Cabrera, que es ciudadana nacida en Estados Unidos, trágicamente– y al igual que muchos otros hispanohablantes a quienes colocan en clases de sólo-español– se graduó de una escuela secundaria de Arizona apenas hablando inglés. Ese hecho más su entorno hispanohablante han impedido que se involucrara en el gobierno, un derecho fundamental de todo ciudadano.

Muchos individuos han recurrido a las redes sociales para expresar su indignación por el hecho de que eliminaran a Cabrera de la lista. Esa reacción surge del sentimiento de que, en este país, se discrimina a los inmigrantes, y muy específicamente a los latinos, y de que la lengua es simplemente otra prueba que «los que están en el poder» utilizan para impedir que los hispanos alcancen a tener su propia influencia. Es innegable que no hablar un inglés sin acento margina a los que han trabajado en forma inconmensurable para aprender nuestra compleja lengua.

Estudios muy bien documentados en las dos décadas pasadas han hallado que se percibe a los que hablan inglés con acento extranjero como menos inteligentes, en general, y menos profesionales en el lugar de trabajo. No sólo eso, sino que en algunas instancias los oyentes hasta han reportado percibir un acento donde no lo hay, debido al color de la piel o a los rasgos faciales.

Cuando los candidatos presidenciales republicanos hablan de las iniciativas de imponer el inglés como lengua única durante los debates, hay gente que se acuerda de la prehistoria cuando –antes de que las escuelas públicas ofrecieran educación bilingà 1/4e o en otras lenguas a alumnos de inglés como segunda lengua– se indicaba a padres e hijos que no hablaran a los miembros de su familia en su lengua madre y se esperaba que los alumnos se las arreglaran en el aula sin asistencia alguna.

Pero estos candidatos, que representan la vanguardia de un asunto que constantemente asoma su desagradable cabeza, podrían descubrir que hay un terreno medio por el que transitar.

Los candidatos republicanos pueden defender el inglés como la lengua oficial del país y al mismo tiempo exaltar el importante papel que juegan las lenguas extranjeras en el enriquecimiento de la cultura estadounidense. Deben acentuar no sólo lo importante que es hablar inglés correctamente, sino también la esencial importancia de aprender otros idiomas y ser bilingà 1/4es en nuestra economía global. Esto, por lo menos, haría que sus anuncios en español durante sus campañas políticas parecieran menos hipócritas.

Pero asegurar que todos en nuestra sociedad tengan la capacidad de hablar la misma lengua y aprovechar las oportunidades que esta destreza ofrece no debería ser un tema partidario. Si nos hubiéramos esforzado más por asegurar que todos los estudiantes de las escuelas públicas tuvieran igual chance de hablar inglés correctamente, la

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