Por Virginia Gómez

Es un paso poco habitual, a una edad poco habitual. Con 58 años, Isaac Borenstein, la única voz latina que quedaba en la Corte Superior de Massachusetts, ha decidido cambiar la toga por un bufete privado, Rudolph Friedmann LLP, donde ejerce desde el lunes como abogado de litigios civiles y defensa criminal.

Borenstein, quien emigró siendo niño de La Habana, Cuba, a Estados Unidos, se convirtió en 1986 en el primer juez latino de la Corte del Distrito de Lawrence y en el segundo en sentarse en la Corte Superior del estado seis años después. Profesor en diversas escuelas de Derecho, ha sido reconocido y galardonado en numerosas ocasiones por su actividad judicial y educativa.

-Es atípico que un juez, que además es joven, abandone la Corte Superior para dedicarse a la actividad privada…
-Francamente, quiero hacer otras cosas con mi vida. Aunque la Corte me ha gustado mucho, tengo 58 años y quiero probar algo nuevo, involucrarme en campañas políticas, representar a gente, ayudar a latinos, hacer juicios en Corte y, para ser honesto, quiero ganar más dinero, entrar por primera vez en la empresa privada. Quiero seguir ayudando a mi hijo, su madre y yo pagamos $26,000 al año cada uno por educarle. No vengo de una familia adinerada, así que quiero también ayudar a mi madre y, además, acabo de casarme otra vez y tengo una nueva familia.

-Se le reconoce por el famoso caso de abusos sexuales en el centro de cuidado de niños Amirault-Fells Acre, ¿es ése el que más le ha marcado?
-Es el que más se me ha reconocido públicamente. Se han escrito artículos y libros sobre ello, pero no quiero ser definido sólo por él. Recuerdo gratamente una experiencia con un miembro del jurado. Se trataba de una estudiante de Baltimore, que me dijo que no podría servir en el caso por tener que volver a sus estudios. Le dije que los pospusiera unas semanas y, a pesar de su enfado, me escribió después para agradecerme la experiencia y ofrecerse para trabajar voluntariamente conmigo. Este año se gradúa de la Escuela de Derecho de Northeastern y quiere trabajar como juez. Que una experiencia en el sistema judicial cambiara totalmente sus emociones es algo de lo que me acuerdo mucho. Ha habido otros muchos casos, yo siempre he entendido que no importa si son chiquitos o grandes, pues trato a todo el mundo igual.

-Usted tiene raíces en la comunidad latina, tuvo muchos clientes hispanos como abogado del estado y, en parte, le hicieron juez de la Corte de Lawrence por su origen. ¿Duele mucho condenar a un compatriota?
-Mi deber siempre ha sido decidir casos basado en la evidencia y las leyes, no hacerle a alguien un favor por ser latino. Es difícil de entender para nuestras comunidades, pero yo he tenido que encarcelar a latinos a pesar de que siempre me molestaba hacerlo.

-¿Es cierto que en Estados Unidos, de entrada, se tiene ante el juez ya un porcentaje de culpabilidad por el hecho de ser hispano?
-Sí, existen estas actitudes tristes. Está muy generalizado que somos gente envuelta en temas como drogas y, a la hora de juzgar, al latino se le mira de otra manera. Somos una comunidad diversa, venimos de muchas partes y estamos envueltos en todo. Ahora, por ejemplo, hay una asociación importante que está creciendo, la Asociación de Latinos Profesionales en Contabilidad, Finanzas y Ley, de la que ha salido gente importante pero, aún así, el público americano nos mira como vendedores de droga. Como abogado, yo quisiera ayudar a que se reconozcan las cosas buenas que hacemos.

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