Por María Iñigo

«Poderosos pero femeninos, como las latinas, fuertes en la mente y delicadas en el corazón». Así describe Sam Mendoza, de 22 años y antecesores mexicanos, sus diseños. La fórmula parece haber funcionado para este joven de Houston, Texas, cuyos diseños, en tan sólo cuatro años, han recorrido un largo camino, siempre en ascenso. Ni él mismo imaginaría que lo que comenzó como una afición en un dormitorio de la Universidad de Boston y que más tarde se convirtió en su primera línea – JeTom, que en 2007 cambió su nombre a Mendoza – recientemente sería una de las pasarelas más concurridas de la Boston Fashion Week.

Mendoza atribuye el éxito de sus colecciones al vínculo personal que establece con sus diseños. «Todo tiene ese feeling de que fue hecho a mano», dice Mendoza mientras pone el último remate en un vestido. «Hoy en día compramos tantas cosas que no sabemos de dónde vienen, cómo se hicieron… En cambio, cuando mis clientas se ponen uno de mis vestidos, se sienten especiales porque saben que son las únicas con ese vestido en la ciudad, en el mundo», agrega.

Además de únicos, muchos de los trajes de Mendoza están confeccionados con materiales reciclados. «Lo hago para ahorrar», bromea. «Lo cierto es que lo aprendí de mi abuela, ella siempre recicló porque no tenía mucho dinero».

De su familia mexicoamericana, Mendoza también heredó «el ojo para lo que se ve bien». Sonriente y nostálgico, recuerda a la familia vistiéndose los domingos para ir a la iglesia en la que su padre era pastor. «Mi abuela y mi madre se arreglaban de los pies a la cabeza con un mismo look, las latinas siempre tienen un estilo muy especial», asevera sin dudar.

Desde esos domingos en la iglesia a la fecha, Mendoza, nombrado uno de los 25 bostonianos con más estilo el año pasado, diariamente estudia lo que se va a poner para expresar algo con su ropa. «Lo que te pones es la historia que estás contando a quien te mira», dice. «Para que alguien te vea y diga que le gustas, esa persona tiene que ver más que ropa, tiene que ver estilo».

Para Sam Mendoza el estilo es algo «muy imprescindible» y, aunque cree que se puede adquirir, opina que «es necesario conocerse bien a uno mismo para desarrollarlo». Su consejo para conseguirlo: decidir qué tipo de persona se es y construir un guardarropa que refleje la personalidad. «Antes de vestirte piensa en cómo va a ser tu día, en tus necesidades, qué no te gusta de ti y cómo mejorarlo», añade.

Este crítico de moda también acepta que, a pesar de su ‘campaña anti-flip-flops’, muchas de sus amigas las usan. «No les importa», dice, «y eso me encanta de ellas».

Irónicamente, es ese desapego a la moda lo que Mendoza admira de la mujer en Boston. «Las mujeres aquí son muy inteligentes. Cada una que he vestido sabe que lo que le estoy dando es sólo ropa, aprecia los detalles, los materiales, pero siempre aspira a algo más en la vida».

Esa visión global es muy importante para el joven diseñador, quien tiene una especialización académica sobre Latinoamérica. Él opina que en otras ciudades, como Nueva York, la sociedad gira en torno a tendencias y olvidan que «hay más mundo y cosas importantes que están pasando».

Fiel a la diversidad, en el ámbito profesional Mendoza también persigue multiplicidad. «Cuando sea un diseñador bien establecido, quiero irme a México y establecer una cooperativa de mujeres». Su proyecto plantea crear una asociación de mujeres de escasos recursos y organizarlas, enseñarlas a coser y luego comercializar sus piezas.

«Al mismo tiempo quiero trabajar la tie

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