Por Virginia Gómez

Mira atrás y vuelve a verse a sí mismo en aquellos túneles, protegiéndose de las bombas que lanzaban sobre sus cabezas los aviones A-37, durante el funeral del arzobispo Romero, en El Salvador. Era la primera vez que veía la guerra de cerca y desde entonces nunca ha podido olvidar esa imagen.

Aquello sucedió hace casi treinta años y, aún hoy, el fotoperiodista Tim Harney sigue impresionado. Sin embargo, más que amedrentarle, su trauma le animó a acercarse a la tragedia y a sus víctimas, a denunciar la injusticia, a conocer la realidad de los que dejan sus países en busca de una vida mejor. Eso es lo que lleva haciendo casi toda su vida. Ahora, a sus 68 años y enfermo de cáncer terminal, este activista americano, nacido en Maine, ha decidido emprender una marcha a pie entre Boston y New Haven para demostrar su apoyo a los más de doce millones de inmigrantes indocumentados del país y a todos aquellos que arriesgan su vida en los trenes que traspasan las fronteras.

En algunos tramos de la caminata, Harney estará acompañado por su sobrino, así como por el hijo de un amigo suyo, aunque espera que esta causa remueva las conciencias y que otras personas se sumen a ella.

«Quiero que los inmigrantes, así como los americanos, vean que estoy al lado de los indocumentados, demostrar que los inmigrantes también están contribuyendo a la economía y que me identifico con ellos», explica Harney, quien solicita ayuda desinteresada y hospitalidad para conseguir adelantar cinco millas cada día. El activista, que prevé que la caminata dure seis semanas, hará parada en New Bedford -donde en marzo de 2007 una redada migratoria se saldó con más de 300 detenidos-, así como dará conferencias en escuelas e iglesias sobre economía global y contará las experiencias de aquellos que deciden poner rumbo a Norteamérica.

«Pocos conocen la situación de los ilegales, del trauma que supone perder un brazo o una pierna al intentar pasar la frontera en un tren pero, cuando oyen los testimonios o ven las fotos que tomé en Centroamérica, siempre hay un cambio de actitud», relata Harney, quien después de cada viaje a Latinoamérica busca la ocasión para presentar sus conclusiones y abrir el debate. «Estoy convencido de que un mundo nuevo es posible, el reto de los americanos es convertirnos en referente de lo bueno, no de la guerra», dice.

Harney, antiguo sacerdote y activista desde su juventud -estuvo encarcelado dos años por quemar 50.000 folletos a favor de la guerra de Vietnam-, ha viajado por Irak y Latinoamérica para brindar su ayuda a los más pobres. Su solidaridad y sus charlas sobre la situación de los refugiados en el mundo le han abierto la puerta de las comunidades más desfavorecidas. En Guatemala, estuvo viviendo con la resistencia en las colinas. En Chiapas (México), entrevistó a los supervivientes de una masacre que costó la vida de 45 mujeres y niños en 1997. En Colombia, cuatro años después, visitó y fotografió cuatro zonas de intensa violencia.

«En mis viajes, a menudo la gente me invita a charlar con ellos, quieren conocer cómo viven otros refugiados, no recelan porque saben que les voy a ayudar», relata. De sus conversaciones, Harney siempre recibe algo a cambio. En una ocasión, en 1986, en plena guerra civil en El Salvador, con el estruendo de las bombas de fondo, una joven se acercó a él para decirle que «sólo se consiguen las cosas cuando de verdad se cree que se pueden conseguir». Ésa es, precisamente, la máxima que desde entonces ha guiado los pasos de este fotoperiodista.

«No hay que darse por vencido, hay que intentar crear un mundo nuevo, ofrecer oportunidades a los desfavorecidos y

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