ir al contenido

Bailando sin tabús

Por Miriam Valverde

Tras una cerca de bambú, un niño lleno de sueños miraba su ciudad natal, Divinópolis, en el estado de Minas Gerais en Brasil. Pocos años después, comenzó a ver el mundo de una manera diferente, desde un escenario.

Este verano, el bailarín brasilero Gleidson Vasconcelos fue premiado con la medalla de oro en la Competencia Mundial de Ballet (WBC, por sus siglas en inglés). Su baile y coreografía sobrepasaron las de competidores internacionales de China, Cuba, Estados Unidos, etc.

Durante el mes de octubre, Vasconcelos fue incorporado en «Lunar Effects», una producción original de Jose Mateo Ballet Theatre de Cambridge.

«Tratamos de usar talento local, pero cuando hay al guien con talento excepcional que puede traer algo nuevo y complementario a nuestro trabajo, no dudamos en integrarlo», expresa José Mateo, coreógrafo, director artístico y fundador de Jose Mateo Ballet Theatre, refiriéndose a Vasconcelos. Mateo comenta que Vasconcelos fue añadido a «Lunar Effects» tras altas recomendaciones.

En entrevista con El Planeta, Vasconcelos recuerda con una sonrisa el momento cuando supo que quería vivir a través del baile. Fue precisamente el 6 de enero de 1993, el día de su sexto cumpleaños.

Estaba viendo televisión junto a su madre cuando salió un reportaje de la muerte de Rudolf Nureyev, el renombrado bailarín de ballet ruso. «En ese entonces dije, ‘mamá, yo quiero ser bailarín'», explica Vasconcelos.

El brasileño visitó un estudio de danza por primera vez cuando tenía alrededor de ocho años. Confiesa haber sentido una sensación especial y una fascinación por explorar el arte.

Muchas personas consideran que el bailar es un momento de liberación y expresión personal total. Para Vasconcelos, es más que eso. Es un momento de transformación.

«El bailar me transforma… en momentos puedo ser como un lobo», dice Vasconcelos, refiriéndose a su interpretación en «La Caperucita Roja» del coreógrafo Viktor Kabaniaev.

«Tiene un buen sentido intuitivo… con el coraje de transformarse apropiadamente con la música y el movimiento», coincide Mateo.

En sus recuerdos, Vasconcelos no sólo tiene momentos de aplausos y triunfos profesionales. También evoca momentos difíciles por los cuales pasó su familia. Recuerda el no tener dinero para ir a la escuela y tener que quedarse en su casa sentado, restringido por una cerca de bambú, que separa las casas en Divinópolis. Tampoco olvida el sufrimiento durante la separación de sus padres. «Mi familia se deshizo muy rápido», recuerda Vasconcelos.

En tiempos de extrema pobreza vivió bajo puentes e incertidumbre. Siendo el tercero de cinco hermanos, ahora se regocija en saber que todos llevan sus vidas «sobreviviendo de forma artística, a través de la pintura, música, fútbol o baile».

Recuerda la navidad de 1998 cuando su madre trató de explicarle la importancia de ser valiente frente a cualquier calamidad. «Me dijo, ‘hijo, mírame a la cara y escúchame… no te deprimas por el cambio. El cambio te va hacer sentir que no hay más remedio, pero sí lo hay… así que no me llores'», detalla Vasconcelos.

A los 16 años, Vasconcelos comenzó su entrenamiento profesional de ballet con Liudmila Polonskaya en Rio de Janeiro, Brasil. Después fue referido al Harid Conservatory en Florida, una institución con altos estándares dancísticos y que produce bailarines superiores. En 2004, este mismo conservatorio otorgó a Vasconcelos la Beca Educacional Rudolf Nureyev y en 2005 el premio Jeannot B. Cerrone, por excelencia en danza.

En abril de 2005, Vasconcelos vi

Últimas Noticias

X