En mis años de participación en el equipo de natación de la escuela, a medida que las prácticas se hacían más intensas y prolongadas, la hora de salida se desplazaba cada vez más hacia la noche. En mi bella Caracas, especialmente entre noviembre y febrero, entre las seis y las siete de la tarde el frío se hacía notar. Uno salía de la piscina helado, después de cuatro horas de nado continuo, con la piel erizada y el cuerpo cansado.
Me vestía a todo trapo y, al salir, allí estaba “la lancha”, como llamábamos a la camioneta roja Caprice Classic del 75 que manejaba mi mami. Al entrar, me esperaba un ritual que hoy reconozco como profundamente amoroso: un sacudón de pelo, un beso y un termo con Toddy u Ovomaltina caliente. Pero lo verdaderamente inolvidable era el sándwich de mantequilla de maní con mermelada. Recuerdo con nitidez la primera vez que lo probé: la mezcla del sabor terroso del maní con la dulzura de la mermelada, el contraste entre lo seco y lo untuoso, esa mermelada que a veces intentaba escapar de los confines del pan. Me fascinó.
Ese sándwich se convirtió en el premio al esfuerzo, en un tente ahí camino a casa y, sobre todo, en un acto extraordinario de amor cotidiano. Hoy, con la distancia que da el tiempo, entiendo que aquella mantequilla —guardada en el pasillo de productos importados del supermercado— representaba también un pequeño lujo dentro de una economía familiar ajustada. No era solo alimento: era intención, cuidado y sacrificio silencioso.
Años más tarde, viviendo cerca de Boston con mi familia americana, la mantequilla de maní y mermelada reapareció en mi vida bajo nuevas formas. De la mano de mi mamá americana, Kathy, descubrí variedades y combinaciones que iban mucho más allá de la Peter Pan de mi infancia caraqueña. En ese período, marcado por mi primera separación prolongada de mi familia venezolana, el sándwich se transformó en un puente emocional entre dos mundos.
Más adelante, ya inmerso en la vida hospitalaria, la mantequilla de maní adquirió un nuevo significado. Durante las largas y extenuantes rondas en la terapia intensiva, mi profesor y mentor Alan Lisbon me enseñó la versión más austera: la “chupeta” de mantequilla de maní. Sin pan, sin mermelada. Baja en calorías, rápida, funcional. Lo justo para recuperar energía, calmar el hambre persistente y sostener el ánimo sin interrumpir el ritmo del trabajo.
Con el tiempo, cuando me tocó liderar rondas en una unidad de trauma en Boston, retomé el ritual del sándwich, esta vez para compartir. Muchas mañanas comenzábamos antes de que saliera el sol y llegaba el mediodía sin haber probado bocado. Hacíamos una pausa breve. Con pan cualquiera, mantequilla de maní cualquiera y mermelada cualquiera, mientras se colaba un café Folgers, en la sala del personal de la terapia nos deteníamos un momento antes de seguir. No era gastronomía; era humanidad. Entre el equipo estaba KD González, entonces residente y también nadadora, hoy una extraordinaria cirujana de trauma, que años después aún recuerda esos momentos en medio de días duros, exigentes, pero también felices.
Y así entendí que la mantequilla de maní con mermelada no es solo comida. Es memoria. Es disciplina. Es resiliencia. Es conexión. Y, en todas sus formas, es amor.