Invitado por un puñado de estudiantes extraordinarios, he dedicado este semestre, entre otras cosas (entre otras muchas cosas), a la lectura de los clásicos de El Boom latinoamericano de los sesentas y setentas. Empezamos con Borges, Rulfo y Carpentier, que en realidad no forman parte de ese movimiento sino que fueron su piedra angular. Y con Octavio Paz, que fue poeta y ensayista y no cuentista o novelista; aún así, «El Laberinto de la Soledad» es básico para entender la búsqueda de la identidad, individual y colectiva, que ocupaba a estos autores.

El platillo principal son los autores que todos reconocemos: Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa. Al final, nos sumergiremos en la obra de un pos-boomista, Roberto Bolaño. Puesto que tengo poco espacio en esta columna (730 palabras), diré en este segundo párrafo que más que un movimiento estético, El Boom fue una estrategia comercial ideada por una agente literaria catalana, Carmen Balcells. También, que algunas de las obras, pocas por fortuna, que pertenecen a esta época y que causaron alboroto cuando fueron publicadas por vez primera escasamente serán recordadas en el futuro.

De Gabo, los estudiantes y yo leeremos «Crónica de una Muerte Anunciada» y «El Amor en los Tiempos del Cólera». (Dedico un semestre entero al estudio de «Cien Años de Soledad», la magnum opus indiscutible de América Latina ayer, hoy y mañana, así que no forma parte del currículo que los estudiantes y yo ideamos para esta ocasión). De Fuentes, «La Muerte de Artemio Cruz» y «Aura» porque el resto es ilegible. De Vargas Llosa, «Conversación en La Catedral» y «La Tía Julia y el Escribidor». Y de Cortázar, sus cuentos en «Bestiario» y «Las Armas Secretas», y su «Rayuela».

Mi lector deducirá que es sobre esta novela (quizás habría que describirla como anti-novela, o como contra-novela, o como novela-detrás-de-la-novela, cualquier cosa que no sea una novela común y corriente) de lo que quiero hablar. Tiene razón, aunque solo en parte. La verdad es que después de releerla, debería callarme la boca. Luego de muchos años de admirarla pero no acercarme, me pareció insoportablemente aburrida. Sostengo ahora que es un libro que tuvo su momento pero que quedó atrapado en él, algo así como el kitsch.

Cortázar la publicó en 1963, casi a los cincuenta años, la edad que tengo yo en la actualidad. Es la culminación de un proyecto intelectual que se inspira en el jazz y que se basa en la improvisación como fuente creativa. Su tema es un grupo de outsiders, algunos de ellos sudamericanos (Horacio Oliveira, el protagonista, es argentino y su compañera, la Maga, es uruguaya) afincados en París.

Todo el mundo sabe que Rayuela tiene modos alternativos de lectura. Entre otras, puede ser leída de forma cronológica de la primera a la última página, o bien siguiendo una secuencia distinta que Cortázar ofrece al principio y que sugiere un ir y venir (una rayuela) de capítulos salteados.

El meollo es sobre la búsqueda existencial–filosófica, espiritual, lingà 1/4ística–de los personajes. No pasa nada de principio a fin. (Años después, Jerry Sienfield hizo la misma propuesta en su show televisivo). Uno de los problemas es que a la propuesta de Cortázar le falta un elemento básico: humor. Otro, acaso peor, es que la idea de la novela es notablemente superior a su ejecución. Es decir, leer acerca de ella resulta entretenido, no así sumergirse en sus pretenciosas páginas.

Recuerdo cuando leí «Rayuela» por vez primera. Era 1982 y yo tenía 31 años cuando realicé un viaje esperpéntico a Texas. Esperpéntico no por Texas, un sitio más bien anodino, sino porque compensé esa realidad banal (¿Es en «La Muerte y la Brújula» donde Borges dice que la realidad no tiene la obligación de ser interesante?) con esta aventura cortazariana. En aquel tiempo inmaduro me dejé hipnotizar por ella. En la medida en que leía iba componiendo un mini-diccionario con palabras que desconocía y que deseaba recordar. Como para Horacio (su nombre no es

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