Había unas 70 personas a bordo y todas sabían que la rudimentaria lancha estaba sobrecargada. Pero la esperanza de llegar a Puerto Rico sin permiso migratorio era más fuerte que el miedo al mar. Quizás nunca imaginaron que sólo unos pocos sobrevivirían.

Apenas dos horas después de zarpar de entre apartados manglares en la oscuridad de la noche y bajo una ligera, pero pertinaz llovizna, algunos de los viajeros notaron que la fibra de vidrio de la lancha de apenas unos 38 pies de eslora estaba despegada de la madera.

Aunque pidieron al capitán volver a la costa, ya era tarde; dos grandes olas inundaron la pequeña embarcación repleta de inmigrantes clandestinos, muchos de ellos sin saber nadar, todos sin salvavidas y, como ocurre en los viajes similares, sin ninguna protección.

«Todo mundo gritaba, pero estábamos muy lejos, nadie nos iba a escuchar», narró Luis Cortorreal, al recordar que en el momento del naufragio, la madrugada del 4 de febrero, aún podía ver las luces de los hoteles de la turística península de Samaná, en el noreste de República Dominicana.

Otros, como Franklin Santos, intentaron infructuosamente sacar el agua de la lancha, usando latas vacías, pero cada ola fracturaba aún más la yola, como llaman los dominicanos a las lanchas fabricadas de forma artesanal casi exclusivamente para las travesías clandestinas al territorio estadounidense de Puerto Rico.

«Dios me puso ahí esa lata», aseguró Santos, un vendedor de autos usados de 35 años y miembro de una iglesia evangélica en su natal San Francisco de Macorís. Aunque la lata de cinco litros no sirvió para desaguar la lancha, que ya comenzaba a hundirse, sí le ayudó a flotar una vez en el mar.

Santos, quien vivió sin permiso migratorio en Nueva York ocho años, narró cómo los viajeros peleaban entre sí para aferrarse a algún contenedor de gasolina y usarlo como flotador.

El capitán de la lancha llevaba entre 12 y 14 contenedores de gasolina como reserva para el viaje de unas 36 horas que toma el recorrido de 265 kilómetros desde la bahía de Samaná a Puerto Rico y que incluyen las peligrosas corrientes del canal de La Mona. La gasolina no fue utilizada, pero los recipientes sirvieron para que un puñado de viajeros salvara sus vidas.

«Ã‰ramos muchos peleando por un galón [contenedor de plástico], así que me retiré, me apoyé en la lata y le pedí a Dios que no me abandonara», comenta Santos, quien en 2003 viajó en yola Puerto Rico sin ningún percance y quería repetir la experiencia para volver a Estados Unidos, de donde fue deportado en 2011, y reunirse con su esposa y sus dos hijos.

El agricultor arrocero Arismendy Manzueta, de 28 años, explica que, aunque de inmediato vació la gasolina de uno de los contenedores de plástico y se lanzó al agua, no pudo ayudar a uno de los dos primos que lo acompañaba en el viaje y lo vio morir.

Experiencia similar vivió María Sobeida Guzmán. Ella intentaba viajar por primera vez a Puerto Rico en busca de un mejor futuro como manicurista y al ver que la lancha se hundía se aferró a un recipiente de plástico, desde donde vio cómo las dos amigas con quienes emprendió la travesía morían ahogadas.

«Nadé todo lo que pude, cuando salió el sol pensé que nos iban a rescatar y no recuerdo más. Pero cuando me trajeron al hospital me dijeron que era la una de la tarde», recuerda Guzmán, la única de las 10 mujeres a bordo de la lancha que sobrevivió al naufragio.

Guzmán quería conseguir un mejor empleo para enviar dinero a sus tres hijos, pero ahora le quedarán en el pecho y las piernas las quemaduras de segundo y tercer grado que le provocó la combinación de gasolina, agua salada y exposición al sol, explicó el médico Frank Tavárez, director del hospital del pueblo pesquero de Sabana de la Mar, que atendió a 10 de los 13 sobrevivientes.

Esos 13 viajeros que sobrevivieron tuvieron que nadar entre siete y ocho horas bajo el intenso sol hasta que pescadores de la zona de Sabana de la Mar comenzaron a res

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