PRESIDIO, Texas, EE.UU. (AP) – A nivel extraoficial, el estado de Texas celebra a los burros y a su importancia histórica y cultural para forjar el oeste de Estados Unidos. ¿Y a nivel oficial? La política contra los burros que cruzan desde México es matarlos a tiros.

Los vigilantes de los parques nacionales de Texas intentan exterminar a cientos de burros que se desplazan libremente en el Parque Estatal Big Bend, y hasta la fecha han matado a casi 130 con fusiles manuales calibre .308 del lado estadounidense del río Bravo.

Pero la medida está desatando una controversia transfronteriza inusitada, en la cual las autoridades estatales se enfrentan con los amantes de los burros que creen que este animal tiene un lugar especial en la historia y merece protección.

La posición del parque es que los burros silvestres que llegan desde México simplemente no tienen cabida aquí. El Departamento de Parques y Fauna de Texas considera a unos 300 burros en Big Bend como intrusos destructivos, que acaparan forraje y pisotean los invaluables ojos de agua en las montañas secas, lo cual amenaza la supervivencia de cientos de especies nativas.

Sin embargo, los indignados habitantes dicen que sólo hay un animal que realmente le interesa al estado: el borrego cimarrón.

«Dicen que hacemos esto (matar a los burros) sólo para que cuatro señores blancos y ricos puedan cazar borregos cimarrones aquí», dijo David Riskind, director de recursos naturales en el departamento de parques. «Eso no es cierto, punto».

Alguna vez extintos en Texas por décadas, los cimarrones regresaron a Big Bend entre fanfarrias el año pasado cuando una manada de casi cuatro decenas fue reubicada a la sierra de 127.883 hectáreas (316.000 acres). Pero incluso esa extensión es insuficiente para la convivencia entre lo que el estado dice son burros extranjeros y los carneros nativos.

Los escépticos sospechan que la posición estatal es simplemente una concesión a los cazadores acaudalados y bien conectados con las autoridades. Los codiciados permisos del estado para cazar cimarrones llegan a superar los 100.000 dólares en subastas en Texas, y opositores como Margaret Farabee de la Liga de Protección de los Burros Salvajes creen que ésa es la razón por la que el estado quiere eliminar cualquier amenaza a la supervivencia de los borregos, de forma que los cazadores puedan volver algún día al Big Bend.

Riskind dijo que tomará décadas antes de que la población de borregos cimarrones sea lo suficientemente sólida como para permitir la cacería en Big Bend, pero eso no apacigua las dudas que prevalecen dentro de la creciente campaña para salvar a los burros.

Entre los que intentan detener las muertes a tiros están una mujer de Wisconsin que ha bombardeado al estado con solicitudes de apertura de información, un ex supervisor de parques estatales en Big Bend y más de 94.000 partidarios en Change.org, lo que la convierte en una de las peticiones más populares en la historia de ese sitio de internet.

Pero su mayor aliado podría ser la historia. En 2007, una indignación similar obligó al estado a suspender su primer intento de «control letal» después que los guardias del parque mataron a 71 burros silvestres.
Luis Armendariz, el ex supervisor de Big Bend que se retiró tras la controversia inicial, dijo que los burros no son más destructivos para el parque que los seres humanos que dejan senderos de ciclistas.

«Nosotros estamos invadiendo su ecosistema. Ellos no están invadiendo el nuestro», indicó Armendariz.

La muerte a balazos de animales silvestres no suele generar mucha indignación en Texas, donde la cacería es un pasatiempo muy popular. El año pasado, el gobernador Rick Perry hizo una pausa durante un trote matinal para apuntarle a un coyote, hecho que llegó a la prensa. A mediados de este año, los legisladores estatales autorizaron dispararle a jabalíes salvajes desde helicópteros.

Nadie apoya al feo jabalí,

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