Por Virginia Gómez

Alba Aranda es una de esas personas que podría ser la mejor en cualquier cosa que se propusiese. Sus platos son un reflejo de su propia personalidad. La mezcla de ingredientes, la presentación de sus composiciones, la limpieza de su trabajo… todo denota esa continua búsqueda de nuevos retos, el esfuerzo imprimido durante años, su buena presencia dentro y fuera de la cocina, e incluso ese toque juvenil de sus 32 años.

Su deseo de conocer más y más le trajo hace dos meses a Boston, donde trabaja como chef en Bon Savor, un pequeño restaurante de Jamaica Plain que ofrece una fusión de cocina francesa y comida sudamericana gourmet. Los propietarios, la colombiana Ibonne Zabala y el empresario ruso Oleg Konovalov, abrieron el establecimiento hace ahora tres años para introducir la idea de bistrot que faltaba en la ciudad. A principios de este año, tras hacerse con una licencia para servir vinos y cerveza, decidieron dar un paso más y llevar a su menú la cocina gourmet. En Maloka, un centro interactivo de ciencia y tecnología de Bogotá donde ejercía como gerente de mercadeo, Ibonne encontró a su gurú.

Entonces, Alba llevaba trabajando siete años como chef en su Colombia natal para la Embajada americana, una de las secciones diplomáticas más numerosas del mundo; se había entrenado con algunos grandes de su país, y se había hecho con los primeros premios de varios concursos gastronómicos importantes a nivel mundial, como el de jóvenes chefs de la Chaine de Rotisseurs en Colombia o la Copa Gourmet de la viña chilena Santa Rita, en el que se impuso a profesionales con una larga trayectoria con apenas 27 años. Pero la idea de venir a Estados Unidos, aprender inglés y conocer nuevos estilos en un país tan multicultural, fue definitivo para que decidiera lanzarse en un nuevo proyecto.

«Creo que mis ciclos son de siete años, por eso ya sentía que quería cambiar. En enero, con el dinero del premio Alpina que gané gracias a un postre de siete texturas, fui a Napa a aprender sobre vinos californianos. No quise quedarme porque allí se habla mucho español, así que después de visitar a Ibonne decidí establecerme aquí», explica.

En Bon Savor, la cocina de Alba ya ha atraído incondicionales en sólo un mes. «Ella ha puesto un acento importante en el estilo y la calidad. Prepara y presenta de manera mágica, nuestros clientes están encantados y desde hace tres semanas los viernes y los sábados estamos llenos», asegura la propietaria.

En el restaurante, la joven colombiana pone en práctica el sinfín de conocimientos gastronómicos que ha absorbido con los años. Ella crece con cada experiencia, por mínima que sea, y trabaja duro porque se ha propuesto estar en la élite -«hay que ser la mejor hasta pelando papas», dice. Por eso, nunca le ha importado fregar platos o montar nata si eso le ha hecho estar cerca de los grandes maestros y poder aprender de ellos.

«Llegé a llamar 30 veces al club de golf Los Lagartos, donde tenían al mejor chef de Colombia, porque quería trabajar con él. Allí empecé pelando y porcionando frutas para 2.000 personas, hasta que un día me propusieron ir al restaurante más elegante del club. En la nueva cocina, conocí a Hobany Velazco, uno de los mejores chefs pasteleros. Él necesitaba un auxiliar para unos talleres que impartía. Los cursos eran muy costosos, así que acepté el puesto y pude hacer hasta 20 gracias a ello», cuenta Alba, hoy reconocida como una de las cinco chefs más destacadas de su país.

Pero, curiosamente, su llegada a la alta cocina fue puro «accidente». Reconoce que su profesión no es vocacional y que, de hecho, siendo adolescente detestaba cocinar para los empleados de la finca que tenía su padre en Contratación,

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