Por Marie Arana

Nuestro Presidente electo no es negro, a menos que todavía esté vigente la regla «one-drop» (que definía a una persona como negra si tenía cualquier rastro de sangre afroamericana.)

Así nos referimos a él – así se llama él a sí mismo – porque el lenguaje y la lógica que usamos son antiguos. Después de más de 300 años y una historia difícil, nos adherimos a la vieja regla racista: Si es en parte negro, es negro del todo. El 50% equivale al 100%. No hay nada en medio.

Esa fue mi reacción cuando leí estas palabras en la primera plana del diario Washington Post el día después de la elección: «Obama Hace Historia: Los Estados Unidos Eligen Decisivamente al Primer Presidente Negro».

La frase fue repetida de igual manera por todos los medios de comunicación, uno detrás de otro. Es como si tuviéramos un pie en el futuro y el otro todavía enganchado en el viejo sur. Somos lo suficientemente sofisticados racialmente para elegir un Presidente que no es blanco, y a la vez somos tan retrógrados racialmente que insistimos en llamarlo negro.

El progreso ha superado al vocabulario. Para mí, al igual que para un mayor número de personas de raza mixta, Barack Obama no es nuestro primer Presidente negro. Es nuestro primer Presidente biracial y bicultural. Él es más que la personificación de la superación afroamericana. Obama es un puente entre dos razas, un símbolo viviente de la tolerancia, una señal de que las categorías raciales estrictas deben desaparecer.

Por supuesto, hay mucho que celebrar al considerar la victoria de Obama como un triunfo de los afroamericanos. Las arduas batallas que se han luchado y ganado en nombre de los derechos civiles redimieron nuestra Constitución y trajeron esperanza a todas las minorías de este país. Nosotros, los hispanoamericanos – seguramente la raza más mixta del mundo – acreditamos nuestras ganancias a los grandes pioneros afroamericanos del ayer: Rosa Parks, W.E.B. Du Bois, Martin Luther King Jr. Pero el ascenso de Obama a la Presidencia es más que un triunfo para los negros.

Es señal de un gran cambio con amplias ramificaciones.

El mundo está tan fusionado e interdependiente para ignorar esta emergente realidad. Todo – los bancos, las enfermedades, los recursos – forma una complicada red global, y los lazos raciales no son la excepción. Quizás nadie aprecia esto más que la comunidad hispanoamericana. Nuestra identidad multirracial me pegó fuertemente hace unos meses, cuando recibí los resultados de mis pruebas ancestrales de ADN. Pensaba que era una simple división hemisférica: mitad sudamericana, mitad norteamericana.

Pero en realidad soy descendiente de las razas más importantes del mundo – indoeuropea, africana, asiática oriental, nativo-americana.

Me tomó por sorpresa, pero no debería ser así.

LOS mestizos muy rara vez son divisibles entre dos. Como Obama, soy hija de una madre blanca de Kansas y de un padre extranjero quien, como el de Obama, vino a Cambridge, Massachusetts, a estudiar un posgrado. Mis padres se conocieron durante la II Guerra Mundial, se enamoraron y se casaron.

Después se mudaron al país de mi padre, Perú, en donde yo nací. Yo siempre supe que era biracial – parte indígena-americana y parte blanca. El linaje de mi madre era fácil de averiguar y en su mayoría angloamericana. Pero de mi lado peruano yo sospechaba, gracias a los álbumes de fotos familiares, que podía tener algunos antepasados africanos o asiáticos. Una tía bisabuela tenía rasgos claramente de raza negra, otra los tenía marcadamente chinos. Por supuesto, nadie lo reconocía.

No fue sino hasta que recibí los porcentajes de las pruebas de ADN que tuve una clara e impresionante

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