Por Manuel Álvarez
El viernes 31 de julio un pequeño grupo de hondureños desafío la lluvia para reunirse en la plaza del City Hall de Boston para expresar su apoyo al derrocamiento político de Manuel Zelaya, el depuesto presidente de Honduras por un golpe militar hace poco más de un mes. Mauro Hernández, presidente de la Asociación de Hondureños de Massachusetts, admite que «lo que queremos es disfrutar de una democracia verdadera. Hace cuatro años creímos que Zelaya iba a cambiar el país y, sin embargo, lo que hizo fue seguir la teoría expansionista de Chávez trayendo el narcotráfico y la corrupción a nuestro país».
Los manifestantes portaban pancartas que decían: «Honduras no es Cuba», «Honduras no es Venezuela», «Honduras se Respeta», «No fue Golpe de Estado», y «Â¡Estados Unidos Despierta!, Honduras te Necesita».
El golpe de estado en Honduras tuvo lugar el 28 de junio. El objetivo de la acción militar llevada a cabo por las fuerzas armadas era expulsar al presidente Manuel Zelaya del territorio nacional y detener a ocho de sus ministros.
Fue entonces que el congreso designó a Roberto Micheletti como presidente. «Zelaya ha violado la Constitución. Él quería ser el autócrata y hacerse con el poder absoluto», dice Hernández. Aunque muchos grupos de poder en Honduras no consideraron esta acción militar como un golpe de estado, la comunidad internacional – incluyendo a las Naciones Unidas, la Unión Europea y la Organización de Estados Americanos – se ha mostrado contraria a la ruptura del orden constitucional y ha exigido unánimemente la restitución del presidente Manuel Zelaya en sus funciones.
«La comunidad internacional apoya a Zelaya porque fue electo como Evo (Morales) o (Hugo) Chávez. Pero nuestro país corría un serio peligro», dice Hernández, hondureño de nacimiento y que no entiende como «las personas pueden llegar a cambiar tantísimo cuando están en el poder».
Estos acontecimientos o- currieron en el marco de un conflicto entre los poderes constitucionales de la república de Honduras, en el cual se enfrentaron el presidente Manuel Zelaya con el Congreso Nacional y la Corte Suprema, sobre la legalidad de una consulta no vinculante. Tal consulta tenía como objetivo saber si los hondureños estarían de acuerdo en que en los comicios de noviembre se colocase una cuarta urna para votar un referéndum y cambiar la Constitución por medio de una Asamblea Constituyente e incluir, según los adversarios del presidente depuesto, la reelección indefinida para el cargo presidencial.
«No queremos que el mundo entero nos considere golpistas en pleno siglo XXI», prosigue Hernández.
«Lo que no entiende la gente es que ha sido Zelaya el que ha quebrantado la confianza del país y, más aún, ha quebrantado la Constitución tratando de realizar una consulta ilegal».
Algunos hondureños que habitan en Boston y su área metropolitana temían, por encima de todo, que su país dejara de ser un país libre y se convirtiera en «una república bananera como las que dictan Evo Morales y Hugo Chávez», como explica Margarita Franco, coorganizadora de la manifestación en el City Hall y ciudadana estadounidense desde hace más de 30 años. «Si Chávez no hubiera metido las narices en nuestro país todos estaríamos tranquilos.
Chávez asesoraba a Zelaya para imponer su modelo de república bolivariana en Honduras», declara la hondureña residente en Chelsea. Para Franco, «Zelaya era la esperanza del país, pero le falló al pueblo. Había llegado un momento en el que para Zelaya sólo existía un poder en Honduras, que era el suyo propio».
Mauro