Por Manuel Álvarez*
A lo largo de la historia del deporte estadounidense, el fútbol (o soccer, como se le conoce aquí) ha vivido a la sombra de las grandes ligas de béisbol, baloncesto, hockey y fútbol americano. Los empresarios norteamericanos apostaron fuerte por el fútbol en la década de los 70 y hasta mediados de los 80, pero la respuesta del público no fue la esperada a nivel comercial y decidieron congelar el quinto deporte del país hasta 11 años después cuando, en 1996, fue fundada la actual Major League Soccer (MLS).
En principio, el potencial de negocio y deportivo del fútbol en los Estados Unidos es enorme. No en vano se ha convertido en el segundo deporte por participación en las escuelas por detrás del beisbol. Muchos de los avispados empresarios que han vuelto a apostar por este deporte, líder en el resto del planeta, han aprendido las lecciones del fracaso que supuso la liga estadounidense en su anterior versión, aunque otros siguen pensando en el juego como un mero trámite comercial que va desde el apoyo de los aficionados hasta sus bolsillos sin darse cuenta de que los diamantes del proyecto son los equipos.
Mientras en deportes como el béisbol o el baloncesto prima el individualismo dentro del colectivo, en el fútbol es básica la unión del grupo para que el equipo funcione y, cuando el objetivo primordial de la entidad no es otro que el negocio, se hace difícil acomodar el plano deportivo.
Grandes jugadores, algunos de los mejores de la historia del fútbol mundial, vinieron a jugar a clubes estadounidenses en las décadas de los 70 y 80, tales como Pelé o Beckenbauer. Ellos hicieron mundialmente famoso al New York Cosmos. Johan Cruyff, el astro holandés, probó suerte en Los Angeles Aztecs y Washington Diplomats y, sin embargo, la liga de fútbol estadounidense no fue capaz de soportar el desarraigo cultural de su idiosincrasia.
Pero las estadísticas hablan por sí solas. Desde la creación de la Major League Soccer en 1996, los jugadores más destacados de la liga no han sido estrellas europeas. Si examinan las listas de los mejores jugadores en los 13 años de vida de la competición, podrán encontrar jugadores locales (estadounidenses) y jugadores latinoamericanos.
Si profundizan un poco más verán que, a juicio de entendidos y aficionados, de los 10 mejores jugadores de la historia de la competición, al menos siete son sudamericanos o centroamericanos. Jugadores como Jaime Moreno (Bolivia), de 35 años, máximo goleador de la historia de la liga; Marco Etcheverry (Bolivia), de 39; Cuauhtémoc Blanco (México), 36 años; Carlos Valderrama (Colombia), de 48, líder histórico en asistencias de gol; Guillermo Barros Schelotto (Argentina), con 36 años; o Shalrie Joseph (Granada), de 31. Y los tres restantes son jugadores nacidos dentro de las fronteras estadounidenses capaces de desarrollar su fútbol en cualquier liga europea como Landon Donovan, de 27, Brian McBride, de 37, o el guardameta Kasey Keller, con 39 años.
Pareciera que ahora el fútbol está teniendo la aceptación social necesaria para el mantenimiento de una liga profesional en los Estados Unidos. Creo que parte de esta aceptación se cimenta en dos pilares básicos: la notable mejoría técnico-táctica de los jugadores estadounidenses y el nivel de compromiso que aportan los jugadores latinoamericanos que, además, dan un plus de creatividad a la concepción física que tienen del juego muchos de los entrenadores de la MLS. Sin olvidar el empuje que aportan los millones de aficionados hispanos que viven en este país.
La contratación de estrellas europeas ha vuelto a quedar en entredicho después del desembarco del inglés David Beckham en Los Ángeles, donde se le ha dado un caché más parecido al de una estrella de Hollywood que al de un deportista de élite. En