Miguel Cabrera atraviesa el invierno de su carrera / Foto @tigers

Los últimos dos años han sido de dolores y alegrías para Miguel Cabrera. Ha completado marcas extraordinarias que adornarán la placa de bronce que algún día desvelará en Cooperstown. Y lo ha hecho mientras pelea contra su propio cuerpo y el inevitable paso del tiempo.

¿Es justo pedirle más?

Cabrera llegó el año pasado a 500 jonrones y 1.800 empujadas. Hace meses cruzó la frontera de los 600 dobletes y los 3.000 hits. Todavía es un bateador de.300 –y lo seguirá siendo, aunque no dé un imparable más y falle todos los turnos que le quedan en su carrera–.

El mítico Hank Aaron es el único otro bigleaguer que exhibe cifras así. Y no es por azar que el premio anual al mejor bateador de la MLB se llame Hank Aaron Award.

El propio Cabrera tiene dos de esos galardones en su poder. Así como colecciona 12 llamados al Juego de Estrellas, siete bates de plata, una Triple Corona, cuatro títulos de bateo y dos distinciones como MVP.

Al venezolano no le queda, realmente, una sola linea del currículum por completar.

En un mundo ideal, claro, podría seguir sumando, hasta que su actual contrato con los Tigres termine en noviembre de 2023. Podría, si su cuerpo se lo permite, rebasar los 1.900 remolques y seguir superando leyendas, como Ichiro Suzuki y Dave Winfield, en el conteo total de hits.

Podría. Pero ninguno de esos logros adicinales es un requisito para ingresar al Salón de la Fama. Su lugar en ese templo está asegurado ya.

LA POLÉMICA

Cabrera, posiblemente, juega por el placer de disfrutar sus últimos momentos en los diamantes del Big Show y por el orgullo de irse en el momento que eligió. Y ese momento no es ahora, es 2023.

Por eso aclaró sin cortapisas que no contempla un retiro anticipado, tras publicarse en la prensa de Detroit unas palabras suyas que fueron interpretadas como preludio de un adiós adelantado.

«No voy a renunciar. Voy a cumplir mi contrato”, aseguró 24 horas después. «No me voy a retirar, no hasta después del próximo año, cuando termine mi contrato. No entendieron lo que dije. De ninguna manera voy a renunciar”.

La polémica duró solo un día. Los dolores no. El propio periodista Carlos Guillén, miembro del departamento de Prensa de los Tigres, reveló que la mera rutina de preparación exige esfuerzo y verdadero sacrificio al slugger.

Por eso no sorprendió su ausencia este miércoles en el lineup. Le tocaba jugar, tras dos duelos de descanso, pero el manager A.J. Hinch prefirió alargar la pausa.

Cabrera solo inició dos encuentros la semana pasada y apenas lleva uno en esta. Desde el 8 de julio apenas ha golpeado 11 indiscutibles.

Ese average de .308 que tenía por entonces nos recuerda que sigue siendo hábil con el madero. Pero la caída de ese promedio en estas últimas seis semanas nos cuenta la otra historia: batear sin poder usar las piernas le robó casi todo su poder; hacerlo, además, con molestias que no cesan, le arrebata ese último gozo, el de al menos seguir sumando hits.

PRESENTE Y FUTURO

¿Qué quiso decir Cabrera cuando habló de tener que sentarse a evaluar su presente y su futuro, para decidir qué hacer?

Puede que, en efecto, no estuviera asomando la posibilidad de renunciar a su último año de contrato. Si se releen aquellas declaraciones, también pueden entenderse con un sesgo menos radical.

Quizás se refería a lo mismo que expresó durante el Juego de Estrellas, cuando confesó que le daba ilusión ser parte de la Selección Nacional por quinta vez, pero con la claridad de no querer ocupar el lugar que alguien más joven pudiera merecer antes que él.

Hinch anunció que este viernes Cabrera reaparecería contra los Ángeles de Los Ángeles, luego del descanso adicional. El zurdo Patrick Sandoval subirá a morrito por Anaheim. Y quizás el piloto nos esté dando otra pista.

El venezolano batea este año para .315/.404/.338 contra los pitchers de la mano equivocada. Es verdad, esa línea prácticamente no refleja extrabases, por culpa de las rodillas. Pero todo lo demás es resplandeciente.

Y allí está el ejemplo de Albert Pujols, que ha hecho de su habilidad contra los siniestros algo más que su boleto de permanencia en la Gran Carpa. El dominicano es, todavía, un arma de cuidado en San Luis.

Puede que esa sea la salida de este laberinto que transita Cabrera. Que se convierta por primera vez en un jugador de rol, como Pujols. Y que, al alinear solo contra los zurdos y ser empleado otros días como emergente, tenga el descanso extra que necesita su cuerpo, mientras trata de servir de ayuda en su último año de contrato, primero en el Clásico Mundial, y luego en su adiós definitivo, con Detroit.

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