Dustin Pedroia seguirá rehabilitándose, sometido a las órdenes de los médicos y fisioterapeutas, tratando de recuperar su carrera. Y los aficionados de los Medias Rojas bien harán si cruzan los dedos por él y esperan con paciencia que ocurra el milagro de su regreso.
El reto que afronta el capitán no oficial de los bostonianos es tan grande, que esta semana admitió en el Fenway Park que no está seguro de poder volver a jugar en las Grandes Ligas.
Tiene dos años prácticamente perdidos. Disputó seis juegos en 2018 y suma tres en 2019, un torneo que se le ha escapado entre los dedos, mientras intenta recuperarse en las Ligas Menores y lucha contra el dolor recurrente en la rodilla operada.
Novato del Año en 2007, Jugador Más Valioso en 2008, cuatro veces Guante de Oro y Bate de Plata en otra ocasión, llegó a ser uno de los camareros más notables de su tiempo, cara a cara con el dominicano Robinson Canó, que por mucho tiempo fue figura de los archirrivales Yanquis.
Todo cambió con aquel deslizamiento torpe o malintencionado de Manny Machado, solo lo sabe él. Aquellos spikes en alto causaron un daño que está robándonos a una de las figuras más emblemáticas de la franquicia más exitosa de este siglo en la MLB.
En dos oportunidades fue el intermedista ganador de la Serie Mundial con los Medias Rojas. Y no pudo serlo en una tercera, en la zafra pasada, por el mismo padecimiento que le tiene ahora contra pared, que le tiene esperando un milagro de la ciencia o de la determinación humana.
Pedroia seguirá rehabilitándose. Sus brillantes numeritos y su impecable carrera nos dicen que no se rendirá. Y los aficionados de los Medias Rojas que sean agradecidos con su esfuerzo bien harían dedicando en su nombre una oración.