Después de las redadas migratorias que desataron el miedo y la indignación en las semanas pasadas, funcionarios federales y el jefe de policía del Chelsea aseguraron que nadie había sido detenido en Nueva Inglaterra. Sin embargo, una historia recopilada por el Boston Globe el viernes pasado prueba que las deportaciones continúan, incluso para los inmigrantes que pensaban estaban a salvo después de la acción ejecutiva de Obama de 2014, que aseguraba que la justicia de Estados Unidos debe centrarse en “los criminales y no en las familias».
La periodista Maria Sacchetti reportó la historia de Isidro Macario, un jardinero de 48 años quien fue obligado a salir del país debido al delito de conducir ebrio en el año 1995, como parte de los esfuerzos de la administración Obama para deportar a los indocumentados que han violado las leyes.
Macario, originario de Guatemala, tiene un cuarto de siglo viviendo en Estados Unidos. Está casado, tiene cuatro hijos, tres de los cuales son ciudadanos americanos. Esta separación es sin duda una tragedia familiar.
“Después del problema legal de 1995, Macario trató de recuperar su vida. Se unió a una iglesia. Dejó de beber y se ofreció como voluntario para ayudar a otros a salir del alcoholismo. Si la gente no tenía cómo irse a la iglesia, él mismo iba a recogerlos”, dice el reportaje.
En el año fiscal 2015, la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas deportó a 235.413 personas, frente a las 315.943 del año anterior, y la agencia informó que la mayoría de los expulsados habían sido declarados culpables de un delito. “El caso de Macario muestra el trasfondo emocional de algunos de los que reciben la orden de abandonar el país, y el razonamiento legal detrás de las controvertidas decisiones”, explica Sacchetti en su artículo.
Los críticos de la inmigración ilegal dicen que los inmigrantes deben ser deportados, especialmente los condenados por conducir ebrios, un delito potencialmente mortal. Y a pesar de las redadas en enero, que capturaron a 121 inmigrantes en varios estados del sur, los críticos se quejan de la caída en las deportaciones.