Foto: EFE
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Por Lenys Vargas

Dialbis Barrero, de 35 años y originario de Cuba, tenía claro su objetivo: brindarle a su familia una vida mejor en Estados Unidos. Salió de su tierra natal rumbo a Guyana Británica y de ahí a Brasil, donde vivió tres años.

Mientras se recuperaba de una operación en el pie, Barrero tomó sus muletas y todo lo que tenía para encaminarse a EEUU a través de la ruta del Darién, junto con su esposa y su pequeña hija de ocho meses.

Antes de atravesar la selva del Darién, el hombre planeaba viajar en lancha hasta Panamá. Pero no pudo debido a un bloqueo de la ruta, luego del asesinato de una persona por parte de los narcos. “Entonces tomamos la decisión de pasar la selva”, aseguró.

Los horrores que vio

La travesía, que comenzó de Necoclí hasta el municipio de Capurganá (perteneciente al departamento colombiano de Chocó) y que es fronterizo con la provincia panameña del Darién, duró dos días y luego nueve días más atravesando la impenetrable selva.

Además del clima inestable y del piso fangoso, Barrero recuerda el olor a carne descompuesta que percibió al pasar por los lugares donde había cadáveres de personas que no lograron salir de la selva.

“Al tercer día de caminar, los guías de Colombia dijeron que hasta ahí llegaban ellos y que no podían seguir acompañándonos; y tuvimos que seguir solos en el grupo. Al instante que nos dejaron ellos, no caminamos ni una hora y ya estaban los asaltantes. Violaron solamente a cuatro mujeres en el grupo en el que yo iba, a las otras no las tocaron. De allí salimos y seguimos caminando solos, sin guía hasta llegar al campamento militar de Panamá donde nos rescataron y nos llevaron al pueblo de indios Bajo Chiquito (primera comunidad habitada por indígenas en Panamá)”, relató a El Tiempo Latino.

Una de sus experiencias más traumáticas en el recorrido fue haber presenciado la violación grupal a una niña haitiana, de alrededor de 12 años, que viajaba en otro grupo. Luego de lo vivido, la pequeña subió a lo más alto de un barranco y se lanzó al vacío. Murió.

Ahora por el sueño americano

Ya habiendo superado los peligros de la frondosa selva que cuenta con 575 mil hectáreas, la familia se encontraba en la remota comunidad de Bajo Chiquito, punto de encuentro para miles de migrantes de todas partes del mundo, el grupo sobreviviente recibió atención médica y durmió en tiendas de campaña por la gran cantidad de personas que había.

Al día siguiente, la familia de Barrero decidió continuar el viaje que ahora le llevaría dos semanas hasta México. Tuvieron que pagar $25 por persona para ser trasladados en canoa por un río durante ocho horas, hasta llegar a otro campamento en horas de la noche.

“(Luego) nos montaron en unos camiones y nos llevaron a otro campamento, pero más adentro de la ciudad. En ese campamento estuvimos dos días, pagamos $40 por cada uno y nos montaron en unos buses hasta otro campamento en El David (ubicado en la provincia panameña de Chiriqui)”, donde los migrantes podían decidir si querían quedarse o continuar.

Barrero y su familia decidieron seguir hasta Costa Rica, donde alquilaron un lugar para pasar la noche y al día siguiente seguir a la frontera de ese país con Nicaragua; estando ahí tomaron un autobús que los llevó a la línea divisoria con Honduras, y luego a Guatemala.

México, un nuevo reto

“Cuando llegamos al río de la frontera de México con Guatemala, mi esposa, mi hija y yo nos entregamos a las autoridades mexicanas, quienes nos llevaron a un refugio y nos dieron apoyo. De allí decidimos irnos y rentamos un apartamento donde estuvimos tres meses esperando a que nos aprobaran la solicitud de asilo en México”, narró.

“Luego de estar legales en México, recorrimos 72 horas en autobús para llegar a la frontera de México con Estados Unidos, en la ciudad Acuña” (en el estado de Coahuila, que limita con Texas a través del río Bravo).

Luego de pasar el temido río Bravo (río Grande del lado estadounidense), la familia se entregó a las autoridades texanas: “Los militares americanos nos preguntaron de dónde éramos, le dijimos que de Cuba. Nos dejaron pasar y nos fuimos hacia el puente (internacional Del Río) donde había muchas personas; tuvimos que dormir ahí. Al día siguiente vinieron en guaguas, en carros y nos llevaron a unos refugios, allí nos dieron comida, nos tiraron fotos, nos tomaron las huellas. Luego de estar siete horas en ese lugar nos llevaron en bus y luego a una gasolinera en Texas, nos dieron los documentos y nos dejaron libres”.

Ahora Dialbis Barrero y su familia son asilados políticos y viven en Miami a la espera de que la Corte cambie su estatus migratorio a residenciado. Él trabaja legalmente como Uber.

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