Claudia Ginestra

Todo comenzó en agosto de 1918 en Commonwealth Pier en South Boston, un lugar que fue utilizado como entrenamiento naval,en un año en el que la guerra era protagonista. Por ello, los primeros que reportaron enfermarse de la llamada «gripe española» fueron marineros que trabajan allí, y a mediados de septiembre 2000 de los 21.000 marineros estacionados en el área de Boston se habían infectado.

Se le ha llamado por años «gripe española» debido a que los primeros casos de la pandemia de 1918 se registraron en España, pero su origen es incierto.

En una época-en la que Boston todavía no era una ciudad avanzada en ciencia, los oficiales militares hicieron todo lo posible para detener la creciente ola de casos y proteger al resto de los marineros y personal militar en el área de Boston, así como a los civiles. Sin embargo, la población civil finalmente fue afectada. «Los más impactados fueron las personas con menos dinero. Esto sucedió antes de tener una gran comunidad hispana, pero entre los afectados estuvieron los inmigrantes, trabajadores, y personas con viviendas poco adecuadas», dijo, Peter Drummey, bibliotecario en Massachusetts Historical Society.

Para el 16 de septiembre, había cientos de casos de influenza en la ciudad, lo que provocó hacinamiento tanto en el City Hospital como en el Massachusetts General. En ese entonces, los expertos en salud locales asumieron que la epidemia se extinguiría rápidamente sin necesidad de intervenciones.»Creo que se ha alcanzado la meseta, si no el pico, del contagio», dijo al público el comisionado de salud de Boston, el Dr. William C. Woodward, en el cargo apenas siete semanas. «Existe la posibilidad de que continuemos en el mismo nivel hasta el primero de la semana y luego se puede esperar una tendencia a la baja constante».

Uno de los aspectos que más impactó a los médicos de la época, fue cómo el virus estaba afectando a las personas jóvenes. «En ese momento, la población de Boston conformada por jóvenes entre 20 y 30 años, se convirtió en un factor peligroso debido a que eran una población vulnerable», contó Drummey.

Ese año también hubo un gran debate con respecto a la reapertura de las escuelas, pero finalmente decidieron mantenerlas abiertas. Esta filosofía fue apoyada por el Comisionado Woodward. Incluso cuando Boston siguió registrando tasas récord de nuevas infecciones, Woodward no encontró evidencia de que el cierre de escuelas fuera necesario. Esto no impidió que los distritos cercanos en Sharon, Milford y Needham cerraran debido a casos de estudiantes infectados. El 18 de septiembre, se informó que había 50 niños contagiados. En este punto, las escuelas públicas locales informaron que las tasas de asistencia habían disminuido en un 40 por ciento entre los estudiantes de secundaria, mientras que el 30 por ciento de los más jóvenes los estudiantes estaban ausentes.

La situación se estaba volviendo cada vez más sombría. Hubo miles de casos en Boston y sus alrededores, con docenas de muertes diarias debido a la influenza y la neumonía. La mayoría de los médicos de Boston se habían ido a Francia a prestar servicio debido a la guerra, y por ello no había suficiente personal en Boston. «La ciudad estaba a la deriva, ya no había camillas disponibles en los hospitales, ni personal que pudiese atender a los enfermos», aseguró el bibliotecario.

El, 26 de septiembre, se emitió una orden de cierre a los lugares públicos como: salas de cine y salones de baile de Boston, y se prohibieron las reuniones públicas. La Junta de Salud del Estado no pensó que los cierres de iglesias estaban justificados, por lo que Woodward y el Comité de Emergencia solo recomendaron que las casas de culto cerraran por lo menos durante los próximos diez días; la decisión de hacerlo o no se dejó en última instancia al clero. Solo unas pocas iglesias de la ciudad optaron por permanecer abiertas para el servicio el domingo 29 de septiembre. Woodward sintió que no había forma de regular el uso del transporte público, pero instó al público a evitar viajes innecesarios en tranvías, subterráneos o trenes.

A mediados de octubre, más de 3.500 bostonianos habían muerto de influenza o neumonía desde el comienzo de la epidemia. Sin embargo, había esperanza. Los recuentos de muertes en general habían disminuido en los últimos días, lo que llevó a Woodward y otros a afirmar que lo peor ya había pasado. «Muchos pensaron que ya se había llegado al pico, y la epidemia desaparecería pronto, pero no fue así, y en Noviembre los casos volvieron a aparecer», dijo Drummey.

Ante los errores cometidos por la gestión, los líderes de Boston comenzaron a culparse mutuamente. «Realmente las autoridades no tomaron las medidas correctas, pero tampoco es objetivo culparlos, debido a la situación compleja que estaba sucediendo», aseguró el bibliotecario. En 1918, los líderes estaban lidiando con una gran guerra que ocupaba la mayor parte de su atención, y luego llegó una pandemia de manera sorpresiva. Además, la medicina de la época no era avanzada, ni siquiera existían los antibióticos.

La pandemia duró unos meses, y finalmente fallecieron 650.000 personas en Estados Unidos, 30.000 en Massachusetts y 6000 en Boston.

La epidemia de influenza española de 1918 estimuló la investigación y ayudó a la comunidad médica a comprender cómo se propagan las enfermedades y cómo prepararse y tratar mejor el virus de la influenza. Además, impulsó el uso de la mascarilla como elemento de prevención ante enfermedades contagiosas.

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