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Verónica Robles: La mujer que lleva la cultura latinoamericana a Boston

Muy querida en East Boston, Verónica Robles ha dedicado su vida a ayudar a los inmigrantes a reconectarse con su cultura y sus tradiciones
Verónica Robles

Verónica Robles

Al entrar al Centro Cultural Veronica Robles durante una de sus celebraciones como el Día de los Muertos, una posada Navideña o la de los Reyes Magos el 5 de enero, encuentras casa llena con la mayoría de las sillas plegables ocupadas y niños corriendo en pasillos estrechos. Pero no tendrás problemas en distinguir a la mujer que detrás del nombre del centro, ella tendrá un micrófono en mano dirigiendo todo el evento.

En diciembre 7, Veronica Robles organizó una posada para miembros de la comunidad Latina en East Boston. Las posadas son una celebración prenavideña en varios países Latinoamericanos que rinden homenaje a la noche en la que María y José pidieron refugio antes del nacimiento de Jesús en un pesebre.

Robles llevaba un vestido de terciopelo rojo con piel sintética blanca en los puños y ribete en el dobladillo de la falda, con un cinturón negro grande y botas rojas de tacón alto hasta la rodilla. Su largo cabello negro salía de su sombrero Navideño que le hacía juego.

Incluso sin el traje de Santa Claus, Robles es difícil de pasar por alto. Su voz resonaba fuertemente a través del sistema de sonido con la misma actitud como si estuviera cantando con su grupo femenil de mariachi, alegre y captivando a su audiencia. Pero en lugar de cantar, ella alentaba a los asistentes a comprar boletos para ganar un premio en efectivo de mil dólares, mientras preguntaba a su equipo si estaba listos para la presentación y se interrumpía para saludar efusivamente a conocidos con abrazos y besos. Esa noche, ella fue anfitriona, maestra de ceremonias y organizadora de un momento a otro. Ser todos esos roles a la vez pareciera ser parte de su carácter como figura matriarcal acogedora.

Ya sea cantando u organizando un evento, Robles tiene la misma presencia en el escenario. Mientras presentaba a cada grupo durante la posada, podías imaginarla tan cómoda como si estuviera en el Lincoln Center o en la famosa plaza de mariachis Garibaldi en la Ciudad de México, dándole a su audiencia la peculiar camaradería que lo cantantes de mariachi tienen cuando van de canción en canción.

“Tengo una conexión con todo mi público porque al final del día, todos somos seres humanos y compartimos las mismas cosas,” dijo Robles, “tristezas y alegrías".

El Centro Cultural Veronica Robles está ubicado en East Boston. La influencia latina es notable en las calles de este vecindario porque cuando se reúnen por alguna celebración los latinos lo hacen con demostraciones coloridas y abiertas de su cultura.

La cara de Veronica Robles cubre un muro largo en la calle de Paris en East Boston. En el mural, ella sostiene su sombrero de mariachi con una mano mientras mira hacia el horizonte. La acompaña la cara de Carmello Scire. Scire, un inmigrante italiano, llegó a East Boston en la década de 1930 y lo convirtió en su hogar por 75 años. El mural fue encargado por el alcalde de Boston Martin Walsh en 2017 con un mensaje a inmigrantes en inglés, español e italiano que dice: “Siempre serán bienvenidos en la ciudad de Boston.”

Cuando Robles se mudó a Boston en 1999, ella y su esposo, Willy López, notaron la falta de representación de la cultura latina en la ciudad. Así que ofrecieron su tiempo para transmitir las tradiciones latinoamericanas a través de la danza y la música a las próximas generaciones de latinos.

Ella cree que el arte es un método para saber quiénes somos como seres humanos. Especialmente, para los pueblos latinoamericanos cuyas culturas tienen una mezcla de tradiciones de sus conquistadores y sus habitantes nativos.

“Sentí la necesidad de llevar esto a mi comunidad porque no tienen acceso a él,” dijo Robles. “No tienen dinero para ir al teatro, para ir a otros espectáculos.”

Algo más que la motivó a actuar fue ver a los niños latinos alejarse de su cultura y apenas saber español.

“Ellos se sentías avergonzados de quiénes eran y de dónde venías,” ella dijo. “Para ellos ser latino no era bueno.”

Robles lo vio como una oportunidad para asegurarse de que estos niños aprendieran sobre su herencia y tradiciones para que pudieran sentirse orgullosos. Pero el centro también nació del dolor. La hija de Robles y López, Kithzia, falleció cuando tenía 17 años. Ella también era bailarina.

“Necesitaba canalizar mi pena…Fue difícil lidiar con este dolor tan profundo en mi corazón y en mi alma,” Robles dijo. “A través [del centro] puedo tener un impacto positivo en los niños, en la comunidad y en sus padres. Ellos sienten que pueden celebrar sus culturas con otras personas que son como ellos.”

Estuardo Alzivures, que solía bailar con la hija de Robles cuando era niño, regresó al centro como adulto. Primero como asistente de profesor hace tres años y ahora como estudiante en la clase de baile para adultos que se imparte en el centro. En la posada, Alzivures realizó un baile folclórico guatemalteco donde seguía a su compañera a través del escenario como si estuviera persiguiendo. Él llevaba un traje indígena guatemalteco que consistía en una gruesa camisa de lana y pantalones con coloridos bordados tejidos a mano y un cinturón ancho tipo faja.

“La danza expresa una historia y una cultura sin palabras,” dijo Alzivures. “Cuando bailo me siento muy energizado, muy feliz, es un sentimiento surrealista, difícil de expresar con palabras.”

Dejó de ir al centro cuando era un adolescente, pero continuó bailando en la preparatoria y la universidad, aunque bailaba hip-hop y bachata. Alzivures dijo que aprendió disciplina durante su tiempo en el centro cuando era niño que pudo aplicar después a su trabajo escolar.

“Él no hablaba español cuando era joven,” Robles dijo sobre Alzivures. “A través de los bailes, se interesó por los idiomas porque vio que cada país tenía el suyo.”

Alzivures ahora habla español, portugués y francés y está aprendiendo italiano y árabe. Actualmente trabaja en el negocio de lavandería de sus padres mientras realiza una maestría en relaciones internacionales en la Universidad de Massachusetts.

Robles se siente orgullosa del impacto generacional que ha tenido con algunos de sus alumnos que regresan para enseñar y bailar como adultos. Los ha visto crecer y convertirse en líderes en sus universidades por que comparten algo que nadie más tiene, su herencia cultural. Para Robles, “ser diferente es una ventaja.” Ella ve todo lo que aprenden en su centro como una nueva habilidad que podría ayudarlos en el futuro. Por ejemplo, la confianza que brinda el bailar frente a personas podría ser aplicable durante una entrevista de trabajo y este nuevo conjunto de habilidades les podría abrir más puertas.

En un inicio Robles y su esposo pagaron los gastos del centro de su bolsillo. Registraron al centro cultural como una organización sin fines de lucro en 2013 con la esperanza de atraer fondos. Ahora, ella quiere llevar el centro al siguiente nivel y llevar sus programas de baila a las escuelas en todos los grados.

“Sólo queremos hacerlo, así que invertir mi tiempo, mi dinero ha sido realmente difícil,” dijo Robles. “Estoy preocupada por mi salud porque sigo y sigo y sigo y sigo.”

Ella cree que el principal desafío que ha enfrentado es que el financiamiento generalmente va a las mimas organizaciones grandes. Robles dijo que cuando minorías son invitadas a sus eventos, quieren una sesión de fotos, pero no invierten el dinero en las personas que llaman para mostrar diversidad.

“Los estoy educando. Solía hacer todo gratis, ahora pregunto cuál es su presupuesto,” dijo Robles.

Yesenia Ortiz, quien trabaja en el centro en el equipo de operaciones, espera que la reubicación del centro a un teatro pueda ayudarlos a expandir sus ofertas y llegar a más personas. Ortiz actuó junto a su esposo, un maestro en el centro, un baile salvadoreño para exhibir el trabajo del grupo de baile para adultos durante la posada.

“Realmente la admiro. No sé cómo le hace,” dijo Ortiz sobre Robles. “Definitivamente es una persona motivada… Es muy enriquecedor ver y es contagioso.”

Jesús Vázquez, un bailarín folklórico mexicano que coordina el grupo de baile para adultos, considera al centro como un hogar acogedor después de su llegada de México.

“Con este tipo de eventos llegas a conocer nuevas personas que comparten tu cultura,” dijo Vázquez, “y entienden tus referencias".

El centro cultural le da la bienvenida a otras culturas que necesitan representación, como las comunidad argelinas y marroquíes. “Queremos darles un espacio donde puedan fomentar su propia cultura,” dijo Robles.

“Siempre volvemos a los valores de la familia, como entendernos, amarnos y respetarnos,” dijo Robles. “Personas de otros países y otras culturas pueden venir aquí entusiasmadas de compartir esos momentos con nosotros. Es algo de lo que me siento muy orgullosa.”