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Las Lecciones Que Aprendí De Mi Hija Adoptiva Latina

Era el receso de primavera en Washington y nos dirigíamos al Museo de Historia Americana. Estaba esperando ver las zapatillas rojas de Dorothy y le pregunté a mi hija qué quería ver.

“La barra de almuerzo en los que los negros hacían su sentada (protesta)”, dijo. “Mamá, si no fuera por ellos no podríamos cenar juntas”. Tenía 10 años y entendía lo que el color significaba en América de una manera en la que yo, su madre de cabello rubio y ojos azules, no entendía.

Aprendí muchas lecciones acerca del racismo al haber criado una hija adoptiva latina. Todo comenzó cuando las personas me paraban mientras empujaba el carro de compras y me preguntaban: “¿Se parece a su padre?”. Me empezó a molestar la repetición de esta escena a la que comenzaba respondiendo: “No sé quien es el padre”, lo que cambiaba sus miradas de incertidumbre a unas de indignación moral.

La lección más importante que me enseñó fue acerca de mi propio racismo inconsciente. Recuerdo un día cuando ella estaba corriendo y gritando de alegría y escuché a mi misma reclamarle: “Estás actuando como una India salvaje”. Horrorizada por mis propias palabras, me volví mas consciente acerca de mi lenguaje, especialmente con las metáforas, comparaciones y simbolismos acerca del color.

Pero no podía saber cómo era vivir bajo su piel. No sabía como tener la conversación racista acerca de cómo caminar, manejar o actuar en público. Los padres hispanos compartían historias acerca de cómo sus hijos tienen que confrontar comentarios denigrantes e insultos acerca de latinos, y me encontraba confundida. No podía confortarlos y mucho menos preparar a mi hija para de lo que debía esperar.

Así que expuse a mi hija a la mayor cantidad posible de personas distintas, para que pudiera escuchar sus historias, leer acerca de sus vidas, acerca de cómo marchaban por causas y luchaban por sus derechos. Estudiamos historia juntas y viajamos a otros países. Y lo más importante, escuché las historias de mi hija, le afirmé mis sentimientos y le di amor incondicional.

Podría pasarle a mi hija el privilegio de mi educación y mi clase social, pero no podría protegerla de los comentarios y actos racistas. Nuestro entorno era de blancos profesionales, de clase media alta - en su mayoría profesores universitarios, científicos, ingenieros y educadores. Sus compañeros de clase eran predominantemente blancos. Pero debido a que Tucson era alrededor de 40 por ciento hispano, asumían que ella era mexicana, con ese estereotipo de estúpidos, perezosos, problemáticos y con desventajas económicas.

Mi privilegio era una espada de doble filo ya que muchas veces lo que le traía sufrimiento era la manera en que sus experiencias eran anuladas. La llamaban mentirosa cuando hablaba de viajar a Europa con su familia. Su confianza en si misma se veía erosionada cuando sus compañeros no confiaban en sus conocimientos y experiencias diciéndole que “no sabía de lo que hablaba”. En el curso de estudios sociales de cuarto grado, su clase estaba haciendo un trabajo de Egipto. Nuestra hija estaba muy interesada en momias y nos dijo: “¿Pueden creer que soy la única estudiantes de la clase que ha visto una momia?. Habíamos visitado el Museo Británico regularmente cuando vivíamos en Londres y habíamos ido al Louvre de París. Mas adelante llegó a la casa llorando luego de decirle a sus compañeros de clase acerca de momias de gatos, cómo eran las momias y algunos detalles del proceso de momificación; no le creyeron.

Cuando eran adolescentes sus compañeros de clases hablaban de ir a un concierto al aire libre por un día entero. Las entradas costaban 20 dólares. Cuando nuestra hija dijo “Tengo el dinero para una entrada”, un joven blanco le dijo “Dónde vas a conseguir ese dinero?, y muchos asintieron con la cabeza - asumiendo que lo tenía por robo o contrabando.

Mientras se desestimaban sus experiencias y su formación, se fue volviendo ansiosa y cautelosa a la hora de interactuar con personas fuera de la familia y amigos.

Seguramente algunos dirán que estos incidentes no están relacionados con la raza y etnia de mi hija, lo que representa otra manera de negar sus experiencias. Claramente, ella tienen muchas identidades y características que fueron relevantes en sus interacciones sociales, desde su género, raza y etnia hasta su personalidad y afición por usar franelas negras. A pesar de que estas características e identidades pudieron entrar en juego en cualquier situación, la consistencia y persistencia de patrones, las conjeturas implícitas y explícitas, y los estereotipos de raza, color y etnia fue lo que mi hija (y yo) experimentó día tras día.

El Presidente Obama dijo en su discurso de despedida que las relaciones raciales están mejor de lo que habían estado, pero fallaron; nuestra democracia falló. Nos llamó a examinarnos y cambiar nuestros sentimientos y creencias: “Nuestros corazones deben cambiar. Si nuestra democracia va a funcionar en esta nación cada vez más diversa, cada uno de nosotros debe tratar de prestar atención a uno de las grandes personalidades de la ficción americana, Atticus Finch, que dijo: ‘nunca llegas a entender realmente a una persona hasta que consideras las cosas desde su punto de vista… hasta que te metes en su piel y caminas en ella’ “.

Comencemos por escuchar las experiencias de otros, entendiendo lo que significa “caminar bajo su piel” y validando sus sentimientos. No se puede hacer que las personas se sientan mejor minimizando sus experiencias o explicando lo que debió haber ocurrido. Hay que preguntarse lo que cada uno puede hacer por ellos y seguir su ejemplo.

Si ves a alguien que está siendo atacado, amenazado o ridiculizado en público, por su raza, genero, sexualidad, etnia, habilidades, religión, entonces intervén. Puedes pararte cerca de la persona que está siendo atacada y hacerles una pregunta. O pararte y decir algo. Ve al agresor a sus ojos y diles que detenga ese comportamiento (“No está bien”).

Examina y reconoce tus propios privilegios y ventajas. Esta reflexión no es con el propósito de que te sientas culpable. En la medida en la que pienses acerca de tus privilegios, puedes identificar recursos que puedas tener (clase social, educación, conexiones, afiliaciones, posiciones) y pensar cómo puedes usar esos recursos para reducir las divisiones raciales. Únete a grupos y organizaciones en las que puedas convertirte en aliado de personas que tienen menos privilegios.

Reflexiona acerca de tu propio lenguaje y comportamiento. Reconoce que estamos influenciados por la cultura popular, el lenguaje y los medios para incorporar imágenes racistas y expectativas en nuestra manera de pensar. Pregúntate a ti mismo si conoces lo suficiente acerca de la personas y la situación para poder juzgar.

Si cada uno de nosotros se hace más consciente y alerta acerca de sus propio racismo inconsciente, podemos crear comunidades más seguras, acogedoras y saludables, en las que personas de todos los colores puedan experimentar apoyo y validación.

Maccorquodwle es profesora de género y estudios de la mujer en la Universidad de Arizona y miembro de las Voces Públicas de Tucson con The Op-Ed Project.