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La crucifixión: historia y curiosidades


Jesús de Nazaret fue una de las cientos de miles de personas que padeció una crucifixión romana

Michael Nissnick / Twitter: @mhnissnick | 4/16/2017, 9:14 a.m.
La crucifixión: historia y curiosidades
La Crucifixión | Philippe de Champaigne

Aunque las pinturas tienden a mostrar a Jesús cargando la cruz completa, con toda seguridad solo llevó el patíbulo atado a sus hombros, mientras el stipes permanecía fijo en el lugar de la ejecución.

La crucifixión y la muerte

Tras llegar al sitio de la ejecución, se pasaba al mayor horror de todos: el suplicio de la cruz, mediante el cual los sufrimientos se potenciaban hasta niveles superiores a cualquier umbral de tolerancia.

Las manos del condenado eran usualmente clavadas al patíbulo con grandes clavos de hierro de más de doce centímetros de longitud. El clavo no se insertaba en la palma de la mano como tienden a representar las pinturas, pues los tejidos allí son demasiado débiles para sostener el peso del cuerpo, sino en la muñeca, donde el clavo lesionaba el nervio medio y causaba así un dolor indescriptible.

Luego de fijar las manos, los verdugos alzaban el patíbulo y lo unían al palo vertical. Procedían entonces a clavar los pies. Existe controversia sobre la posición de los pies en la cruz y el número de clavos usados en éstos. El arte ha tendido a representar a Cristo con los pies cruzados y un único hierro perforándolos. Pero los huesos de un hombre crucificado en la época de Jesús hallados cerca de Jerusalén en 1968 sugieren que los pies se colocaban a ambos lados del palo vertical, con un clavo para cada uno, fijado en el talón.

Dependiendo de las torturas sufridas previamente, el condenado podía pasar horas o incluso días en la cruz. Jesús apenas estuvo seis horas (fue crucificado a las nueve de la mañana y murió a las tres de la tarde), pero hay reportes de víctimas que estuvieron vivas en el madero hasta una semana.

La muerte en todo caso llegaba tras una agonía interminable y se debía a varios factores. El más importante era la asfixia. Al estar en una posición tan forzada, los músculos del pecho de condenado se debilitaban progresivamente. Para respirar debía apoyarse sucesivamente en las manos y los pies, reactivando en cada ocasión el dolor insoportable de los clavos fijados en ambas extremidades. Cada vez se hacía más difícil aspirar aire hasta que al final sobrevenía la muerte tras un paro respiratorio.

Asimismo, la pérdida progresiva de líquidos y sangre (hasta un 20% del total), unido a los diversas hemorragias sufridas durante la flagelación, traían como consecuencia un shock hipovolémico, cuando el corazón se quedaba sin capacidad de bombear suficiente sangre al cuerpo. En ocasiones (como les ocurrió a los dos criminales crucificados con Jesús) se aceleraba la muerte de los condenados quebrándoles las piernas. Así perdían un importante punto de apoyo para respirar y el final llegaba en cuestión de minutos.

A este panorama debe unirse la humillación pública. Tras ser condenado a la cruz, la víctima se convertía en un apestado, una no-persona, rebajado hasta el último grado de infamia. El “pañito de la vergüenza” con el que el arte ha cubierto las partes íntimas del Cristo crucificado no es sino una forma piadosa de aplacar el terrible espectáculo que suponía agonizar en medio de horribles sufrimientos, totalmente desnudo y a la vista de todos.

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